

Me llamo Katy Molina Uceda, tengo setenta y seis años de edad. Hace algo más de un año que me operé de cáncer de mama.
Quiero por esta carta, darle un pequeño homenaje a todas las mujeres que se encuentran como yo, por si les puede servir de alivio, para mi sería una satisfacción.
Os cuento:
Antes de los sesenta años, me empezaron los dolores de la artrosis en las rodillas, como a la mayoría de las personas.
Llegue a los setenta años, y como es natural la cosa iba a más, el especialista de las piernas, me dijo: Si no te operas las rodillas, te verás en un carrito de ruedas.
Además añadió: Esa piernas que tienes, te las vamos a poner derechas.
Yo la verdad que veía la cosa difícil, soy zamba de nacimiento, pero bueno, una aunque vieja es coqueta, me dije: Mira, a la vejez me van a poner como un maniquí.
Fui al doctor que me iba a operar, los nombres no los digo porque no me acuerdo, son tantos los que me han visto, que no los he mantenido en la memoria.
El que no se me olvida es el médico de ahora, don Juan de la Haba. ¡Que es tan bonito como mi sobrino! Tan guapo como mi sobrino! ¡Tan bueno y cariñoso como mi sobrino! Yo en vez de don Juan, le llamo sobrino, un caprichito mío, soy muy caprichosa.
Bueno sigo:
El médico que me iba a operar me dice: Catalina, con ochenta y ocho kilos que pesas, no te van a responder las prótesis que te ponga, así que vas a ir al endocrino para que pierdas peso.
¡Figurarse lo que a mí me entró por el cuerpo! Yo que soy la persona que más disfruta comiendo, porque soy de la generación de la guerra y la posguerra, y a la hora de comer siempre me acuerdo de aquellos tiempos.
¡Que martirio de dieta! Pero... vamos seguimos adelante. En tres meses perdí nueve kilos, y claro, ahí voy, al adelgazar me encuentro un bulto en el pezón, que era como si cogiera una naranja mandarina, en el otro dos bultos como dos almendras dulces.
Claro, antes que lo de las piernas, me fui a que me vieran los pechos.
Con cincuenta y ocho años yo notaba que cuando hacía punto me dolía el pecho, fui al médico y me dijo que no hiciera punto, entonces no llevaban estas cosas como ahora, y yo, como estaba cercana a los sesenta no le di importancia ninguna.
Ahora os digo, que cuando me dieron el diagnostico, no me dio alegría como es natural, pero me metalice que no me iba a pasar nada.
Hay cosas más malas que lo nuestro, lo que tenga que pasar, pasa, y nada más. Así que me enfrenté a la verdad y se liaron conmigo.
Claro... sin esperarlo, las pruebas para averiguar la calidad de aquellos bultos, no fueron un camino de rosas, pero... para morirse tampoco, yo lo cogí con filosofía, me decía a mi misma, lo que tenga que pasar, pasará.
Antes de operarme no estaba nerviosa, pero... por si algo me pasaba, que en todo hay que ponerse, me quise despedir de todos mis sobrinos, y me puse a escribir una carta, para que la leyeran en caso de que ocurrieran daños mayores.
Me operaron porque era cáncer maligno, me quitaron los dos pechos y los ganglios de los brazos.
¡Y aquí me tenéis! Dando ánimos a todas las que tengan el mismo problema mío.
No pasa nada, siempre tenemos que mirar para atrás, nosotras gracias a Dios tenemos solución, y podremos vivir muchos años más. ¡Hasta que Dios quiera!
Las guerras que forman los seres humanos, que dejan tantos muertos, tantos mutilados, tanto sufrimiento. ¡Eso sí que es malo! Pero lo nuestro es una lucha más de la vida, no pasa nada.
Cuando yo me enteré de la enfermedad, no quise ocultarla, la cundí a los cuatro vientos. Yo no sabía que la gente me quería tanto. En la vida he recibido más flores, más bombones, más regalos. Yo pensaba, esto no es tan malo, nunca he visto más cariño por parte de todo el mundo.
Lo que tampoco sabía era que había tantas tetas postizas, para conformarme venían las operadas a enseñármelas, y a mi marido le hacían que las tocará.
La verdad es que los pechos que tengo ahora, son más bonitos que los que tenía antes, presumo como una tonta, me pongo el tamaño que quiero, a la altura que quiero, y... presumo, presumo todo lo que me da la gana.
Últimamente como terapia estoy escribiendo mis memorias. ¡Si vierais como ha cambiado mi vida! Como soy bastante mayor, tengo mucho que contar, no tengo tiempo de pensar en la enfermedad, así que me encuentro feliz recordando mi vida desde los cuatro añitos.
Tengo muchas anécdotas y mientras escribo me harto de reír, igual que si estuviera viviendo otra vez.
¡Animaros! Que lo que os estoy contando es verdad, podéis comprobarlo.
Con todo esto que os cuento, podéis ver que la vida sigue, hay cosa más malas que lo nuestro y no hay que ofender a Dios.
Abracemos a todo el mundo con cariño, y nada más.
Quiero darle las gracias a todo el equipo de cirujanos que me ha atendido, y ha conseguido que siga en este mundo un poquito más. Igualmente a todas las enfermeras que me trataron con cariño.
¡MUCHAS GRACIAS!
PRIMERA PARTE
... seguidamente de la costilla tomada
al hombre formó Dios a la mujer...
Córdoba 23 de abril de 2,007
En el día de hoy 23 de abril, en homenaje a Cervantes, día de su entierro en Madrid y por cariño a mi vecinita Ana Mary, aprovechando la salud que me queda a mis 76 años, voy a ver si consigo contaros algo de mi recorrido por esta maravillosa vida.
Nací en una familia honrada y buena, pero muy humilde, yo era la que hacia cuatro. Según mi madre, nací hecha un pellejito, fue el mejor parto que tubo, apenas se enteró.
Mi hermana la mayor enfermó de corazón, tenía 10 años cuando murió. Yo ya cumplía cuatro añitos, con esa edad para poder cuidar a Rafaelita, (que así se llamaba) me enviaron a Villa del Río con unos tíos. Con un paquetito de ropa me mandaron a la estación, bajo el cuidado de un revisor del tren. ¡Allí aterricé!
Recuerdo perfectamente como se reían mis tíos, al descubrir el paquete. Lo primero que hicieron fue, llevarme a la cuadra, ordeñaron a la cabra, y esa leche pura me la dieron a mí. Creo que por eso me gusta tanto la leche.
Estuve con ellos hasta que mi hermana murió, la muerte fue tres meses antes de empezar la guerra, después de todo tuvo suerte... ¡De la que se libró...! ¡... No fue nada la cosa...!
Cuando mi hermana murió, se presentó el paritorio de otra niña, que le pusieron de nombre Rafaelita, lo mismo que la difunta. Ahora reside en Málaga. En resumidas cuentas, mis padres tenían una fortuna en hijos.
Antes de seguir mi historia, voy a contar un poquito de mis raíces, por si mis sobrinos nietos lo leen. Son doce, todos maravillosos, listos, buenos de verdad, no es pasión de abuela, lo que pasa que en estos tiempos en que vivimos, hay que estudiar mucho para hacerse hombres, y seguir la lucha de la vida que les ha tocado vivir. Yo por mi cuenta voy a escribir, por si algún día tienen tiempo y la leen, que sepan algo de sus raíces, que siempre es bueno saber, y de su tía Katy que todos me quieren mucho, por lo menos eso creo.
Comprender que con 76 años y sin estudios ningunos, como os contaré después, tengo que tener fallos. Ya os enteraréis hasta donde llegaron mis estudios y cuando acabaron. Poned atención en lo que os voy a contar.

El abuelo Rafael se crió solito, con nueve años ya estaba rodando por el mundo, sus padres que eran mis abuelos, fueron un matrimonio feliz, estaban muy enamorados, tuvieron cuatro hijos.
Él tenía una imprenta en la calle Gondomar, se llamaba imprenta León.
La madre del abuelo era profesora de piano, hacían una pareja ideal. La vida les cambió cuando ella enfermó del pecho.
Él viajaba de vez en cuando vendiendo libros, en uno de esos viaje murió de repente en una pensión, y ella que no estaba buena, también se la llevó la vida. Ella con unos 35 y él sobre 40 años, ya no estaban en este mundo.
Dejaron a los hijos en San Jacinto, (un orfanato) y allí fueron muriendo.
Mi padre que era el mayor, se defendió en la vida como pudo, ha dejado escritas sus memorias, si tenéis curiosidad podéis leerlas, todo lo hizo con mucho esfuerzo y mucha voluntad, para mí, es el poeta más grande. Yo quería mucho a mis padres.
El tiempo fue transcurriendo y empezó la guerra. ¡La graciosa guerra! ¡Que vida más estúpida! Por los intereses de unos pocos, como tienen que sufrir los pueblos sin comerlo, ni beberlo.
Mi padre trabajaba en la RENFE, le dijo un amigo:
- Huyamos que vienen a por nosotros.
Así fue, al día siguiente fueron a por él, sólo porque pertenecía a la CNT, un sindicato al que se afiliaban los ferroviarios. Gracias a ese amigo se libró mi padre, pero de él no se supo más.
Mi padre le dio la paga a mi madre, se puso un pantalón viejo y un sombrero de paja y se fue campo a través. Lo que pasará no lo sé, sólo él lo sabía, yo sólo puedo contar lo que sé, la historia de mi vida.
Pero bueno, he pensado que puedo seguir contando cosas de vuestros abuelos que al fin y al cabo os gustará, ya llegará mi turno.
Hoy voy ha contaros la huida del abuelo.
Salió campo a traviesa, llegó hasta el Barrio del Naranjo, (una barriada a las afueras de Córdoba) y se ocultó en una parilla que había detrás de la barriada, contaba como lo pasó allí, oyendo los gritos desesperados de las mujeres, que veían como se llevaban a sus maridos en un camión y sabiendo que no los iban a volver a ver más.
Cuando pudo el abuelo, claro, entonces no era abuelo como comprenderéis , tenía treinta y cinco años o cuarenta, bueno lo que fuera, que tenía pies para caminar, siguió y siguió, cuando menos lo esperaba se encontró con un grupo de soldados Nacionales. Le preguntaron donde iba.
- Aquí voy buscando esparraguillos.
Siguieron ellos su curso, y él pudo seguir su caminata.
Encontró un tren de mercancías, pudo llegar hasta Pueblo Nuevo en busca de sus primos hermanos, y sus tíos. ¡Claro que les daría alegría verlo! Esos primos se querían mucho, eran por parte de los Serranos, o sea hermana de mi abuela, (la que tocaba el piano) ya escribiré más adelante para que conozcáis la vida de vuestra bisabuela.
Bueno, seguiré con el abuelo Rafael, que se tuvo que marchar de Pueblo Nuevo por el miedo que tenían sus tíos con todo lo que se había liado.
Para que sepáis los primos que vivían allí os voy a decir sus nombres: Francisco, Rosario y Nieves. Como es natural todos fallecidos, pero los hijos de ellos, viven casi todos, ya tienen setenta y tantos años y somos primos segundos, pero toda la vida hemos estado comunicados y nos hemos querido mucho.
Algunos se fueron al Brasil y allí viven con sus nietos, todavía nos llamamos. Hicieron una vida mejor de bienestar, pero dejaron su país, para mí, España es el lugar más maravilloso del mundo. Nosotros hemos conseguido aquí también una vida más confortable, y no tuvimos que dejar nuestra tierra, y ellos han añorado siempre su país, (dicho por ellos).
Vienen de vez en cuando, pero tienen que volverse porque ya tienen su vida allí.
Bueno, sigo con lo vuestro abuelito:
Llegó hasta Murcia, allí se incorporó a trabajar, la toma de Málaga la vivió, él contaba que aquello fue horroroso de muertos y heridos, lo que es una guerra bombardeándolo todo.
Había un niño de siete añitos, perdido de sus padres, un soldado le cruzó el río, allí lo dejó para que Dios le amparase. ¿Qué otra cosa podía hacer? No iba a decirle a aquella criaturita que estaba llorando por sus padres, que no los iba a ver más.
El niño se llamaba Manolo, se quedaron con él, un matrimonio del campo, lo pusieron a cuidar cerdos, pasando la criaturita mucho frío, y comiendo poco. El abuelo Rafael se enteró de las circunstancias del niño, fue hablar con el Alcalde, y le dijo que él se haría cargo del niño. El Alcalde le retiró la criatura a aquel matrimonio, y se lo dieron a mi padre.
Lo tuvo los tres años de guerra con él, aprendió a leer y a escribir, ese niño tiene ya ochenta años, vive en Málaga con sus cuatro hijos y sus
nietos, a nosotros nos llama hermanos, y a los abuelos los llamaba padre y madre.

En una ocasión mi padre, tuvo que separarse de él, porque lo ingresaron en un hospital, ya que se quedó ciego de tanto llorar por nosotros.
Tened en cuenta que aquí se quedó mi madre con cinco hijos, el más chico con tres meses, el otro con dos añitos, yo con cuatro, Paco con seis y Pepe con siete y medio.
Figuraos la abuela sin dinero, sin saberse defender, lo único que sabía era lavar en las pilas y limpiar casas. Yo que era pequeñita recuerdo que venía todos los días mala de tanto trabajar. Nos dejaba solitos a todos, a mí al cuidado de los chicos, vivos estamos porque Dios quiere. ¡Qué no pasaría en aquella casa!
LOS BISABUELOS
Ahora os cuento para que conozcáis a los padres de vuestros abuelos, y sepáis de vuestras raíces, luego os contaré como aparecieron los padres de Manolo que es muy interesante y os va a gustar.
La madre de mi madre que es vuestra abuela Catalina Uceda Lora, vivían en Villa del Río, sus padres se llamaban Francisco y su madre Mª Teresa.
Él era muy bajito, pero guapo. Sastre de profesión y la abuela era alta y muy guapa, modista de alta costura. Se conocieron y se casaron, por las fotos los conoceréis, muy buena gente. Tuvieron tres hijos, Francisco, Juan y la abuela Catalina. Fueron muy felices el tiempo que estuvieron juntos, pero la fatalidad quiso que muriera el bisabuelo vuestro, y quedó la mujer sola con sus tres hijos. Con treinta y cinco años quedó viuda y se fue a Madrid a buscarse la vida, lo pasaron muy mal, con mucha hambre y calamidades, según mi madre me contaba, y se tuvieron que venir a Córdoba.
Estando aquí, se colocó con unos señores, ella se llamaba Dolores León, vivían en San Andrés en un palacio muy grande.
A la bisabuela le dejaron una boardilla muy pequeña, pero para ella y sus hijos tenía bastante. A los niños los mandaba al colegio y ella quedaba tranquila para poder trabajar.
Ayudaba a todos los compañeros a arreglar la casa, y por la noche la ponía la señora a coser sus vestidos. Le compraba unos patrones de gasilla, (que así se llamaban), modelos exclusivos de Madrid y como era una gran modista, la señora decía a sus amigas que se los compraba en Madrid. Nunca se supo que la bisabuela los hacía por la noche, y así presumía ella.
La abuela Teresa se hubiera podido defender muy bien, si hubiera tenido una casa en condiciones, pero sería su destino así, encontrar el palacete aquel, fue una suerte para ella.
Esto que os cuento es interesante para vosotros, que queréis saber la vida de vuestros antepasados, aunque es triste, así sabréis valorar lo que tenéis todos gracias a que habéis podido estudiar y habéis sido muy disciplinados.
Yo estoy muy feliz de todos vosotros, habéis conseguido lo que os habéis propuesto, vuestras esposas son maravillosas, disciplinadas y buenas.
Las parejas de mis niñas que se llaman Pedro y Manuel muy humanos, y muy buenos trabajadores. ¡Lo nunca visto!
Mi sobrina Consuelito tuvo una pareja muy buena, con la fatalidad que murió en un accidente.
Mi sobrina Katy, que es el no va más, espero que tenga mucha suerte en la vida.
En resumidas cuentas que estoy muy contenta con todos.
Os cuento, los padres de vuestros bisabuelos eran profesores, estaban en buena posición, por eso sus hijos que también tenían cuatro, quisieron ser músicos, con tan mala fortuna que enfermaron y murieron todos en Madrid.
No encontraron donde colocarse, entonces no era como ahora que todos los pueblos de España hay orquestas y profesores de música.¡Menos mal que la vida va evolucionando y no es como antes!
Todo esto es parte de vuestras raíces y siempre es curioso de saber, ya me está costando mucho trabajo porque estoy malita y no tengo ganas, pero por vosotros daría mi vida, también lo hago por mí, para olvidar lo que tengo encima que no es poco. Lo que os escribo, os servirá para saber valorar lo que tenéis y darle su importancia, es una pequeñita parte de la vida de vuestros antepasados.
Sigo con la madre de vuestra abuela Catalina Uceda Lora, tenía 45 ó 50 años, (no lo se fijo) cuando nos dejó para pasar a mejor vida, harta de trabajar y sufrir. Murió en el Hospital de Agudos, que así se llamaba, enferma del pecho. Así acababan muchas criaturas, hartas de trabajar y comer poco.
La abuelita Catalina quería mucho a su madre, y tenía que ir a verla a escondidas para que no sufriera el abuelo, porque tenía mucho miedo que se le pegara la tuberculosis a la abuela, teniendo tantos hijos pequeños. Me acuerdo de oír a mi madre toda la vida quejarse y llorar, por no poder estar a su lado el día que murió, tanto como ella la quería.
Yo quisiera contaros otras alegrías de vuestros antepasados, las tendrían, claro que las tendrían, pero cuento lo que sé y lo que puedo, que ya es querer.
Los hermanos de mi madre podían haberla apoyado, ayudarle y acompañar a su madre, se llamaban Juan y Francisco, algo pasaría si no estaban al lado de lo más grande que existe en este mundo. Lo que pasara no lo sé.
Cuando nos quedamos solos, me acuerdo que mi madre no pagaba el piso por no tener dinero. Una persona buena le dijo:
- No dejes tu casa, no te pueden echar, y menos con tantos hijos como tienes, ya pagará tu marido cuando venga.
Todos los meses venía el dueño de la casa para echarla del piso. Era un tío alto y grande con un uniforme de capitán, su mujer lo acompañaba. Le daba unas voces tan grandes a la abuela, que nosotros asustaditos, nos cogíamos de su vestido y no la soltábamos sin dejar de llorar.
No se me puede olvidar, cinco añitos tenía yo.
Le buscaron una casa en la Huerta de la Reina, otra en las Cinco calles, pero nada, ella no se movía de su casa hasta que no viniera su esposo.
Su marido ya no viene. - Le decían
Mi marido es bueno y no se manchará las manos de sangre, así que volverá.
Así fue, volvió. Se colocó en las oficinas del Hospital Militar, hasta que pudo entrar en RENFE, ganaba 10 Ptas. al mes, para siete de familia que éramos, de eso sacaba la abuela para pagar la deuda de tres años de casa que debía.
El señor grande vendió la casa a D. Francisco Castillo que tenía una panadería debajo de Los Portales de la Corredera, les dijo este señor a mis padres:
- No me paguéis lo atrasado, la deuda está saldada.
Los abuelos pagaron hasta la última peseta, así eran ellos.
Aquel hombre decía que nunca le había ocurrido una cosa igual, con tantos inquilinos que tenía.
Os voy a contar como nos distraíamos mientras la abuela trabajaba, eso fue antes de venir mi padre.
Yo tenía que ir a la Cocina Económica, a por un plato de lentejas para cuando mi madre viniera del trabajo. Yo comía allí antes de venirme para mi casa, eso todos los días, mientras, mi Rafy y Rafaelito se quedaban solitos hasta que llegaba yo con la comida.
Gregorio era el dueño del parador, nosotros vivíamos en el piso de arriba, cuando teníamos hambre bajábamos, y él ya sabía lo que queríamos, un puñado de bellotas. Siempre nos las dio.
Así resistimos los tres años de guerra, con mucho miedo a las bombas, comiendo lentejas con chinos y las bellotas que nos daba Gregorio.

Quiero a ver si llego a las alegrías.
Mi hermano Paco era muy gracioso, teníamos una caja de madera, que era donde se criaba mi hermana la chica, (pero sin tapadera), como es natural, como si fuera un parque.
Bueno, pues aquel cajón nos servía de radio, el tito Pepe sacaba a la niña y se metía él, me decía que yo le diera a los mandos para conectar la radio, más volumen, menos volumen, y él cantaba. Se pasaba toda la mañana cantando, no me acuerdo que cantaba, pero lo pasábamos muy bien.
Donde nos criamos fue en la Plaza de Colón nª 10, entonces había una posada y ahora está el consultorio de los médicos. Teníamos un balcón grande que todavía existe allí.

Hoy os voy a dar una alegría, cuando llegó mi padre, recién terminada la guerra, yo, casi no me acordaba de él. Fui la primera que lo vi, con un traje blanco muy guapo, al verlo me quedé muy extrañada, habían pasado tres años, era muy pequeñita cuando se marchó. Fui corriendo en busca de mi madre:
- ¡Mamá, mamá, que ha venido papá, que ha venido!
La abuela se daba con los pies en el culo corriendo, no se lo podía creer. Recuerdo el abrazo que se dieron, no se me olvida.
Papá deseoso de ver a sus hijos, primero Rafaelita, Rafalín y yo. Paco y Pepe estaban trabajando de fontaneros. Aunque eran muy pequeños, Paco con nueve y Pepe con doce años, ya ayudaban a la abuela.

Trajo mi padre un cajón muy grande de la Zona Roja, traía zapatos para todos, ropas, comida, todo lo que pudo.
¡Él si que era un Rey Mago de verdad!
A mí no me trajo zapatos por no haber de mi talla, eso fue lo que me dijo, pero no le faltó tiempo para comprarme unos aquí en Córdoba.
Vino con “el hijo Manolo” que había estado con él los tres años de guerra. Antes de volver estuvo indagando a ver si podía encontrar a sus padres, como es natural, que estarían sin vida por haber perdido un hijo y no encontrarlo.
Mi padre escribió a Correos en Murcia, por si llegaba alguien preguntando por, Manuel García Avilés, que era el nombre del niño.
Nos contaba mi padre como fue la forma de encontrarlo.
Había una mujer en Ronda, que era de campo y decía adivinar. Claro, la madre de Manolo acudió a esa señora para localizar a su ser querido.
La señora le dijo que fuera a Correos, que allí encontraría la pista, a ella no le faltó tiempo para ir a Correos, pero no encontró nada, fue hasta tres veces. La señora insistía que fuera otra vez, tanta fe tenía en aquella mujer, que fue otra vez a Correos.
Un día de los que fue, le dijeron:
- Señora aquí hay una carta de Manuel García Avilés.
Quiso Dios que fuera la de su hijo. ¡Qué no sentiría aquella madre al saber que su hijo estaba vivo!
Yo no tengo hijos, pero el sentimiento de madre siempre lo he tenido, y no he podido contener las lágrimas.
Como os he dicho ya estaba Manolo en Córdoba, así lo ponía el abuelo dándole las señas nuestras, Plaza de Colón nª 10, como ya sabéis.
El mismo día se presentó el padre, este hombre llegó muy tarde a Córdoba y pensó, me hospedo en una posada y mañana lo busco. La posada era la misma en que nosotros vivíamos, en el piso de arriba. Claro, él no podía saber aquello.
Llamó a la puerta de aquel establecimiento, todo esto eran las dos de la madrugada.
Salió Gregorio y el padre de Manolo pidió aposento, cuando abrió la puerta le pregunto:
- ¿Usted no será el padre del niño perdido?
Si.
Le contestó con mucha fuerza.
- Arriba está.
¡Qué no sentiría aquel hombre! Como no había aldabón en la puerta, a voces llamaba:
¡Rafael! ¡Rafael!
Decía el padre con una voz desesperada, como eran las dos de la noche a todos les pilló en el primer sueño, hasta que oyeron que los llamaban, pasó un rato.
Abrió el balcón mi padre y Gregorio emocionado dijo:
- ¡Que está aquí el padre de Manolo!
Enseguida bajo.
Dijo mi padre y abrió.
Por la escalera subía aquel hombre de cuatro en cuatro los escalones. Manolo dormía como un lirón en medio de Paco y Pepe, los tres juntos.
En aquella casa solo había dos camas, separadas por una sábana como era decente. Mi hermana que ya tenía dos años, mi Rafaelito que tenía cinco y yo, dormíamos juntos en la otra cama.
Fue una noche de mucha alegría, la abuela puso un colchón en el suelo para mis hermanos, el hombre y su hijo pasaron la noche abrazados en la cama de los niños.
Por la mañana desayunaron, Manolo y su padre fueron a coger el tren a toda prisa, para encontrarse con su madre. Este hombre era muy humilde, vivía en una finca alquilada, pero cuando llegó a su casa, nos mando en agradecimiento a vuelta de correo, un jamón y un cajón de manzanas muy buenas de su huerto. El jamón me acuerdo que duró menos que la picá una avispa.
Toda la vida nos escribimos con esta familia, como si fuéramos una sola .
Os cuento y sigo, a ver si puedo conseguir que os riáis un poco.
A un hermano del abuelo materno que se llamaba Manuel, le mordió un perro, era de Villa del Río, toda la familia de la abuela era de ese pueblo. Lo mandaron a Córdoba un mes, por si el perro estaba rabiando. La abuela le tenía un miedo atroz a los perros, no sé por qué motivo. Claro era su tío, no tuvo más remedio que darle cobijo. Como no había camas suficientes le puso un colchón en el suelo.
Lo malo no era eso, mi madre a la hora de comer guisaba cocido todos los días, con muy pocos garbanzos y muchas habas, eso ocurría a diario. Nos sentábamos en la mesa y claro la abuela le echaba al tito unos poquitos garbanzos y a mi padre, como era natural en aquellos tiempos. Lo primero que hacía mi padre era decir:
¿Mamá cuántos garbanzos tienes tú?
Y miraba los platos, los niños teníamos cinco o seis, lo demás todo habas, eso era lo que había, otros pobres tenían menos.
La abuela decía:
- ¡Cuánta vergüenza me haces pasar delante de mi tío?
Pero el tito ni se coscaba, se lo comía todo sin decir ni pío. ¡Que hambre no tendría!
Cuando mi padre estaba trabajando en el Hospital Militar, ganaba muy poco. Las monjitas que lo apreciaban mucho, le dijeron :
- Rafael, ¿por qué no nos trae usted la fruta para los enfermos todos los días? Así ganará un poquito más.
Él no se lo pensó y dijo:
- Hecho está.
Se levantaba a las siete de la mañana y se iba a por la fruta.
Se compró un carrillo con tres ruedas, con el que se retrató, la tita Mary tiene esa foto.
Los primeros días iba con mi hermano Pepe y Paco para que aprendieran donde tenían que ir, luego iban ellos solos muy contentos, pues las monjitas les daban el desayuno, que no era poco en aquellos años de posguerra. Cuando alguno de mis hermanos caía malo, a mí me tocaba empujar el carrito, porque uno solo no podía.
Un día de los que iba con mi hermano Paco, yo con seis años y él con ocho, ¿qué fuerza tendríamos? Tropezamos con un bajante y se rompió. ¡Que susto pasamos los dos! No sé si enterarían quien había sido, pero las monjitas no nos preguntaron por el desastre que habíamos hecho, seguro que se lo figuraron, pero nosotros no recibimos ninguna riña.
Como os contaba anteriormente, ya que trabajaba mi padre con la fruta, unas veces traía peras, otras veces manzanas, siempre traía fruta variada, como es natural.
Una vez trajo una piña de plátanos, para que nosotros no la tocáramos, y no nos diera la tentación de comérnosla, cogió cuatro sillas las cubrió con una manta y las ató con guitas alrededor.
Mi padre decía que alguien se comía los plátanos todos los días. Claro, si se los comían, no había negocio para las arcas. Mi tío Manuel era el que se llevaba la culpa. (El tito que le mordió el perro, que estaba con nosotros todavía).
Mi madre no sabía que decir, a la pobrecita todo le servía de disgusto.
Un día por suerte o por desgracia, la cisterna del retrete se atascó, la abuela que lo arreglaba todo, se puso manos a la obra, se encontró la cisterna llena de cáscaras de plátano. Y así se pudo descubrir quien era el que hacía la fechoría, Pepe, el que más hambre tenía. Era el mayor y estaba en la edad del desarrollo. Gracias a que descubrió el asunto, la fiesta quedó en paz.
Otra anécdota del frutero, mi padre.
A la posada donde vivíamos llegó un hombre con un carro lleno de higos. Como el pobre se tenía que levantar de madrugada, pensó:
- Me quedo con el carro de higos, todos los días llevo el suministro al Hospital, y así no me tengo que levantar tan temprano.
Lo primero que hizo fue sembrar toda la casa de higos, y decirnos:
- Hijos míos, tened cuidadito que estos higos son para los enfermos del Hospital.
Con esta advertencia comeríamos menos, lo que no sabía el abuelo es que cuando los higos se ponen a llorar, no paran, eso como es natural, no lo sabía él, y cuando a aquella fruta le entró la pena, no dejaba de llorar. Aquello no duraba para los días que había calculado él. Los higos lloraban y lloraban.
- Hijos míos comed higos, hijos míos comed higos.
Y dale que toma, y nosotros no comíamos, porque seguramente ya estaríamos hartos, por lo menos de verlos, allí había higos por todas partes. Y nosotros sin querer higos.
La tía Katy lo que cuenta es verídico todo. Ahora paso a contaros el final que tuvo el carrito donde transportábamos la fruta.
Al entrar en la RENFE ya no le hacía falta el carrito, los empleados del hospital que eran amigos de él, le dijeron puedes venderlo y te ganas un dinero, pero después de pensarlo decidieron subastarlo.
Se fueron a la plaza de la Corredera, hicieron un corro todos los compañeros y el carrito en medio, la gente se fue acercando a curiosear, el abuelo dijo un precio de salida, uno de los suyos pujó más. La gente seguía alrededor, pero no pujaba. Salía otro de ellos subiendo el precio. Claro, todos esperaban que saliera alguien que le interesara el carro y ofreciera, pero no salía nadie, ellos seguían con su farsa, esperando la oportunidad, así estuvieron largo rato. Al final se tuvieron que volver con el carrito a la casa, y mi padre se lo regalo a un desgraciado para que se buscara la vida.
El abuelo cuando recordaba esta historia se mondaba de risa, porque al final la subasta le costó el dinero. En agradecimiento por haberlo acompañado, convidó a los compañeros que eran lo menos diez, así que ya os podéis figurar por donde le salió la broma.
Lo importante es que el carro aprovecharlo, lo aprovechamos bien, porque era el coche que teníamos para hacer los peroles. Los que empujaban eran Pepe y Paco, los demás íbamos dentro con el perol y todos los avios.

Voy ha seguir contando los negocios de vuestro abuelo Rafael, que ya sabéis lo arrojado que era para estas cosas.
Como estaba en RENFE subastaban un vagón de esos que se pierden y no lo reclaman los dueños. Sin consultar con la abuela, ni decirle nada, ni corto ni perezoso, compró todas las pertenencias que llevaba dentro.
Si vierais las escobas, los botijos de gallinas, o sea bebederos. Yo, que iba a ser la vendedora, y el tito, no sabíamos ni como se llamaba aquello, así que no vendíamos ni uno.
La casa se llenó de escobas, muchas, muchas escobas, por todos los sitios de la casa, yo no sé lo que aquel vagón traía, cosas que ni sabíamos para que servían.
Nunca oí a la abuela pelearse con mi padre, lo que decía era:
- Rafael por favor, ¿qué has hecho, dónde metemos tantos jarambeles? –
Menos mal que nació el pitraquillo de la tita Katy y vendió todas las escobas, yo proclamaba:
- ¡Escobas de las que barren solas!
La verdad es que se barría muy bien con ellas, pesaban muy poco porque no tenían ni esparto, las ponía muy baratas para salir de ellas. Luego las clientas me decían que barrían muy bien, pero que sólo duraban un día.
¡Menos mal que de las escobas salimos! Pero de los bebederos de las gallinas, no vendimos ni uno. ¿Qué haría mi madre con ellos? De eso ya no me acuerdo.
Con los negocios del abuelo no nos comíamos ni un huevo.
Otro día vio otro negocio muy claro.
A un zapatero que hacía sandalias de material por encargo, le pidió una partida, aquel hombre vio su vida solucionada, pero engañó a mi padre. Aquellas sandalias eran de cartón, el hombre después de entregar el trabajo desapareció.
El abuelo no vendía ni una sandalia, pero mis hermanos y yo estrenábamos todos los días unas, porque no duraban más.
Para una cosa si fue listo, las encargó de nuestros números y así pudo salir de ellas, además nosotros todos los días con sandalias nuevas.
Estaba visto que le abuelo nació para poeta, escritor y empleado de RENFE, pero no para negociante. Si os entretenéis en leer sus obras de teatro, veréis que todas son preciosas.
También hizo un libro de poesía, se titulaba: “A ti Córdoba”, eso fue en el año 1942, se puso el seudónimo de Ramos Errano.
También subimos unas pocas escaleras mis hermanos y yo para venderlos, costaban 1’50 ptas.
¿Y postales de Córdoba? ¿ No hizo...?
Él hacía las fotos con su máquina y luego encargaba que le hicieran tiras, las tarjetas eran muy bonitas, pero encargaba tantas para que le salieran más baratas, que llenó un cuartillo que teníamos en la casa, con deciros que tenéis unas pocas en herencia todavía.
Postales si vendió, esas las vendía él, pero...¡Dios mío, si le dio tiempo a morirse y todavía tengo yo en un cajón!
Valer, valía mucho vuestro abuelo, pero lo que es para los negocios, no daba una en el clavo.
La abuela valía más, se arreglaba con su sueldo y nunca pedía nada, trampas nunca tuvo, nos crió y aquí estamos con muchos años ya. ¿Qué podemos pedirle más?
Todo esto de los negocios tiene su explicación, como ya sabéis fue desterrado a Bobadilla sin ningún motivo, estuvo nueve años allí solito, sin esperanza de venirse a Córdoba, entonces cayó enfermo y no se encontraba con ánimos de seguir allí, lo jubilaron, pero tuvo que conformarse con la mitad del sueldo, así se pudo venir con nosotros, estuvimos doce años sin él, ya era razón que disfrutáramos de un padre.
Claro que con el sueldo que le quedó no teníamos bastante, los negocios que buscaba eran para compensar su paga, el pobre no dejaba de buscar negocios, pero la suerte no le acompañaba, eso no era culpa de él.
Por lo menos disfrutamos de un padre que era el mejor del mundo, a la vista está los genes que habéis sacado todos.
La abuela Catalina quiso con pasión al abuelo, nunca le encontraba faltas, y si algo no le gustaba lo daba por bueno, siempre tuvo en cuenta
que con nueve años se quedó sin padre y sin madre, y lo listo que salió, tenía que quererlo a la fuerza.
Con los hijos que le había dado estaba completamente satisfecha, nunca la oí quejarse ni pedir nada para ella.
Mis hermanos la llamaban Santa, pocas veces mamá.
Lo que si sé, es que nos enseñó a querer a nuestros esposos, y gracias a eso yo me considero la mujer más feliz del mundo.
Como ya os he contado en la posguerra había poco que comer, y mi padre como estaba en el Hospital Militar, nos compraba unas botellas de hígado de bacalao, que las vendían por litros, y todos los días antes de comer nos daba una cucharada grande, (tenía que ser grande). ¡Dios quiera que nunca lo probéis! Nos daba un miajón de pan para después, y todos..., ¡cuchará pa dentro!
No sé si aquello era para abrirnos la gana de comer, o eran vitaminas, lo que si sé, es que se lo ponían muy arregladito de dinero, o sea que le costaba poquito.
Ahora os digo la verdad, por gordos no nos hemos muerto. El primero en morir, ha sido con setenta años, yo ya los he pasado, Paco y Rafaelito también, Rafi y María todavía están aquí sin pasar los setenta. ¿Ha sido por el aceite aquél? ¡Bendito sea el aceite de bacalao!
Teníamos una vecina que tenía cinco hijos, igual que la abuela. Esta señora estaba casada con un labrador, en la guerra todos los labradores se pusieron ricos, y este fue uno de ellos, se llamaba Juan Gómez, la señora Dolores.
Como hicieron dineros se compraron una casa en la plaza de Colón, solo había que cruzar los jardines de la casa nuestra a la suya, los niños teníamos todos de la misma edad, nos llevábamos bien, éramos amiguitos. Yo en cuanto que pillaba un descuido me iba a casa de doña Lola, que así se llamaba la abuela.
Mira por donde un día vi unas braguitas colgadas en el tendedero, eran muy bonitas en comparación con las mías, me acuerdo del color y de las puntillitas que tenían, eran preciosas. Estaban tendidas muy altas, me tiré por lo menos cinco días mirando las braguitas, un día vi un cajón de madera y dije:
- ¡Esta es la mía...!
Me costó la misma vida alcanzarlas, en el patio había una pila de piedra y por encima de aquella pila estaba mi deseo, por fin las pude coger, me las puse encima de las feas que yo llevaba, y me iría corriendo como es natural. Llegué a mi casa y le dije a mi madre:
- Mamá, mamá, mira que regalo me ha hecho doña Lola.
Mi madre que siempre fue muy agradecida, le faltó tiempo para ir a darle las gracias por las braguitas.
Catalina, yo no le he regalado nada a su hija.
Que sí, que sí, unas braguitas muy bonitas.
¡Ay, esas serán las que yo he echado de menos!
¡Que leche! ¡Ella no se acordaba de aquello, yo las estuve viendo colgadas un montón de días!
Mi madre ni corta ni perezosa, me dice:
- ¿Con qué doña Lola...?
Me pegó una paliza tan grande, que ha dado lugar a que no se me olvide esto que os cuento. La verdad es que no hace falta pegar tanto para educar. ¡No se me olvida! Yo no volví hacer una cosa semejante, esa era la educación de antes, no se lo reprocho a mi madre era su forma de educar, pero tenía que haber buscado otra manera de tratarme, solo fue un pequeño capricho.
Los hijos de doña Lola venían a casa a jugar, la abuela lo prefería así, para que no molestaran a don Juan.
Un día quisieron hacer una procesión, entre todos me subieron en un sillón, y me vistieron para que hiciera de virgen, de eso yo tendría tres añitos. Intentaron subirme a hombros por las escaleras y me tiraron rodando con todo el estandarte.
Me salió un tumor en el culo, que me tuvieron que drenar, la abuelita no me podía soltar de los brazos, para que no se me salieran las gomas que tenía en el drenaje.
¡Lo que pasaría la pobre mía, por culpa de la procesión de los dichosos niños!
La cicatriz es enorme, por eso tengo el culo respingón, cuando queráis os lo enseño.
Perdonarme por los tostones que os doy, pongo lo que me acuerdo. Comprender que estoy haciendo una terapia.
Cuando yo me quedaba sola con los niños y la abuela se iba a trabajar. Me asomaba al balcón con ellos y así nos distraíamos. Los chiquillos de la calle iban a coger moras de un árbol que había delante del balcón. Eran unos árboles que daban unos racimos de flores blancas, popularmente se le llama “Pan y quesito”, todo eso comían muchos españolitos en aquellos tiempos, gracias a ello están muchos vivos.
Buenos a lo que voy, yo estaba siempre en el balcón a la hora de que los críos venían a coger los frutos de los árboles, y les avisaba.
-¡Que viene “el chery”! ¡Que viene “el chery”!
Desde el balcón yo veía venir “el chery” que eran los guardas, por mis gritos, no cogían a ninguno, pero los pobrecillos caían como pelotas de trapo del árbol. ¡No sé como no se mató ninguno!
Yo me pregunto ahora, ¿Qué es lo que guardaban aquellos hombres, los árboles o a las moras?
Me estoy acordando ahora de otra anécdota.
El Grupo Colón estaba frente nuestra casa, cuando acabo la guerra, Franco lo llenó de moros, me acuerdo que se oía mucho chillerio, muchos niños que decían a voces:
- “Paisa échanos una perrilla, paisa échanos una perrila”
Y los moros les echaban perrilas, se entretenían ellos para recogerlas y los moros aprovechaban para echarles escupideras de orines, mientras los chiquillos recogían las perrillas.
Nunca fuimos nosotros, la abuela nos decía :
- Hijos míos, no vayáis a recoger perrillas.
Y nunca, nunca fuimos. Para ellos era una forma de divertirse.
Quiero que sepáis que el Centro Filarmónico de Córdoba, lo fundaron: Eduardo Lucena y Rafael Molina León, que era tío del abuelo. Pusieron una exposición de fotografías, y en todas estaba él, junto a Eduardo Lucena. Por eso la familia de mi padre venía de ascendencia de músicos, casi todos con muy mala fortuna. Cada uno tocaba un instrumento, esto ya os lo referí antes.
Bueno ahora me toca a mí.
Lo primero que hizo mi padre, lo primero, fue, después de tres años de ayuno, con todo el amor del mundo, encargar un Jesús. Decía que Jesús le había ayudado mucho, y tenía la ilusión, pero en vez de un niño, fue una niña, (la tita Mary), por eso se llama María de Jesús.
Lo segundo que hizo fue enseñarme a mí la cartilla primera, en el colegio no me admitían por no saber nada, ya con ocho años me admitieron y me pusieron en una clase de niñas mayores, tenía una profesora buenísima, le mataron al marido, no se quien serían los ejecutores de esa muerte.
Pero lo que si sé, es que la maestra se llamaba, Doña Gertrudis. ¡Que buena y cariñosa, que bien lo hacía con todas nosotras! ¡Que interés ponía para que aprendiéramos!
Para prepararnos mejor, nos hacía ir a su casa muchos días a las que lo necesitábamos. En la calle San Pablo vivía no se me olvidará nunca.
Tres años estuve en el Colegio Colón, no he ido a ningún otro. Estuve después con Doña Marina, ahí aprendí Historia, Geografía de España, Catecismo, Historia Sagrada, lo que más se me ha quedado es la historia de los Santos, me pueden preguntar.

Luego estuve con Doña Paula, no digo los apellidos porque no los sé, aquella señora no sé de que estaría hecha, ¡que fama tenía! cuando nos decían que nos pasaban con ella, las niñas lloraban por no querer ir a su clase.
El último año que estuve en el colegio nos hacía hacer muchos resúmenes de Falange, de los negritos y de los santos, a mí los resúmenes me gustaban mucho y ponía mucha atención.
En aquella clase tenías que ser buena a la fuerza, porque llovían “las guantás”.
Terminábamos un resumen y al final había que poner Franco, Franco, Franco. ¡Arriba España! ¡Viva Cristo Rey! Esto había que hacerlo todos los días, y mira por donde un día se me olvidó, me dio dos bofetadas, que en los setenta y seis años que tengo, no se me han olvidado, pero lo que me dijo me dolió más.
-¡Hija de rojo!
Si eso es ser maestra que venga Dios y lo me lo diga. Perdonarla, la perdoné, pero olvidárseme no se me olvida.
El día de su santo me hizo mi padre un verso dedicado a ella.
Un manojo de chavalas que son flor de primavera,
arrulladas con esmero por tan noble jardinera,
es mi clase,
yo que soy la más ruin de esas flores,
con perfume penetrante, ahí le envió mis amores.
Una niña con once añitos lo poquito que podía esperar, era que me dijera, que era muy bonita, qué quién la había escrito. Pero no dijo nada, ella sabía perfectamente que la había escrito mi padre para ella. ¡Qué poquita sensibilidad tenía aquella profesora! ¡No me dijo ni pío, ni gracias!
Ahora os voy a contar otra cosa del abuelo, según me voy acordando os lo cuento.
Mirad mi padre muy joven era ferroviario, estudió mucho para poder entrar en la RENFE.
Como estaba tan solo, le hablaron de una muchacha de un pueblo que estaba con su tía. Fue a verla y se puso en relaciones con ella.
Decía mi padre, que le habló muy poco tiempo y siempre por la ventana, en resumidas cuentas, que pronto dispusieron la boda.
A ella se le ocurrió decirle que no tenía ajuar, ninguna ropa ni nada. El abuelo dijo de casarse y siguió adelante con su propósito.
Estando en la Iglesia, el cura le dijo que tenía que llevar un testigo, igual que la novia. El pobre no tuvo más remedio que ir a buscarlo, no encontró a nadie en aquel momento, pero vio un tren en la estación, lo pensó mejor y se vino a Córdoba.
Todos se quedaron en la Iglesia esperando al novio.
Luego decía mi padre, menos mal que no me casé con ella, porque la vio en otra ocasión , ya casada, con hijos, y no le gustó como tenía a los chiquillos, todos llenos de mocos y ella muy sucia. Eso le tranquilizaría la conciencia.
Luego conoció a la abuela Catalina, por suerte para todos nosotros. ¡De que semilla más buena estaba hecha!
Se conocieron en el Centro Filarmónico un día que su hermano la llevó a bailar. ¡El primer día que fue a bailar en su vida! Mi padre estaba allí, y se quedó prendado de ella, la sacó a bailar y se la cameló para siempre.
Gracias a esa iluminación bendita, os tengo a todos que sois la alegría de mi vida, porque os quiero mucho.
Os digo: La abuelita, como se crió con los señores del palacete que iban a misa todos los día, ella también iba con ellos, se hizo de comunión diaria desde pequeñita. Claro cuando conoció a mi padre, chocaron con esto, ya que mi padre nunca iba, pero después de veinte años que tenía ella. ¿Quién la convencía de que dejara su religiosidad?
Habló con su padre confesor y le dijo:
- Hija ese hombre no te conviene.
Sólo porque no iba a misa. Mi madre que no era tonta, ya sabía lo que quería, habló con el abuelo y lo convenció para que fuera con ella los domingos, y ya no faltaba ninguno de los dos.
Mi padre como ya estaba en el centro de las catequistas, tenía mucha amistad con todas ellas, como es natural eran amigas.
Mi madre vivía en la Catedral por aquel entonces, donde ahora está el hotel Marisa. Me contaba que las veía venir en grupo. ¡Claro! Jóvenes y guapas, la abuela sentía unos celos enormes, y le decía a mi padre:
- Un día de los que paséis, os echo un cubo de agua a todos.
Desde entonces él no se atrevía a pasar por allí con el grupo. Yo creo que sería capaz de hacerlo, los celos dan para mucho.
Este grupo hacía teatro y a mi padre le venía de perilla. En la calle Valladares era donde se reunían.
Unas Navidades hicieron una obra de teatro las catequistas, y pensaron que saliera el tío Pepe de niño Jesús que estaba guapísimo y muy gordo, tendría a lo mejor cuatro o cinco meses. El abuelo y Rafaelita (la que murió) salían de pobres pidiendo limosna. El Niño Jesús se entretuvo con el pito tieso en orinarse en la Virgen.
Decía mi madre, que con los papeles que hicieron mi padre y la niña, se caía el teatro abajo de tanto aplaudir. ¿Y el niño? La que formaría con aquel surtidor, además, no le dio por llorar ni nada. ¡Claro, cogido por la Virgen! ¿Como iba a llorar el niño?
Mi padre después de unos dos años que estuvo trabajando en el Hospital, no sé fijos cuantos fueron, entró en RENFE otra vez a trabajar en su antiguo puesto, que era jefe de muelle.
Lo desterraron a Bobadilla y allí estuvo nueve años, más tres de la guerra, ¡pues... que nos criamos sin padre!
Todas las semanas venía a vernos, llegaba el sábado y se iba el domingo. Así que nos tiramos media vida sin él.
Siempre que venía lo pillábamos con mucha gana, todos lo queríamos mucho, hasta mi madre lo ha querido siempre, no sé porque sería.
Unas veces se iba mi madre con él, porque estaba harto de estar sólo, y yo me quedaba con mis hermanos, para comprar y guisarles a todos, yo tendría quince añitos.
Decían mis hermanos:
- Esta nena guisa mejor que mamá.
Claro, como les gustaba tanto, decían que los dejaba esmayaos, por lo demás me bandeaba muy bien.
Carmen, la que vivía en el piso de enfrente le decía a mi madre:
- Catalina se portan de maravilla cuando están solos.
Un día lo pasé muy mal, porque resulta que yo me administraba muy bien, pero claro, fui a la plaza con cinco pesetas, pero yo creía que llevaba cinco duros, este día fui a comprar con mi vecina a la pescadería, compré y compré para hacerles una buena comida a mis padres que venían, con la mala fortuna que no eran cinco duros, que eran cinco pesetas. Yo pagué, esperaba la vuelta, cuando el hombre me dijo que me faltaba dinero.
- Pero si le he dado cinco duros.
Sacó el hombre el cajón y me dijo:
-¿Dónde están los cinco duros?
Yo, claro, al momento los reconocí y le dije:
- Estos son .
Carmen que venía conmigo me dijo:
- Katy, eso son cinco pesetas.
¡Claro, si yo toda la semana los estaba viendo como cinco duros! Gracias a ella me lo creí, aquel día Carmen me saco de apuros prestándome dinero.
Por eso desde chiquita me he sabido administrar, y siempre he conseguido lo que quería.
Otras veces me iba yo con mi padre a Bobadilla y así nos turnábamos.
Una vez yendo con mi hermana Rafy, hubo un descarrilo tan grande que hubo muchos muertos, y nosotras nos dimos golpes muy grandes contra los vagones.
Ese descarrilo fue llegando a Bobadilla. Aquel día recuerdo que llovía a torrentes.
De las veces que iba yo al pueblo con mi padre, para limpiarle la casa que él tenía allí, cedida por la RENFE, (todavía existen esas casas).
Yo, ya venía de vuelta con la maletita y como había por entonces tanto estraperlo, un guarda me preguntó:
-¿Qué llevas ahí?
Nada.
Le dije con mucha tranquilidad. Yo era una chavalilla, y estaría bonita, digo yo. Me vuelve a preguntar, y abrí la maleta, que solo lleva un estropajo, unos trapos sucios, y un pedazo de jabón. El guarda aquel se puso rojo como un tómate, y salió disparao, parecía una metralleta.
Otra anécdota del abuelo vuestro:
El quería ayudar en la casa porque había necesidad, y todo su interés era hacer negocios. El tito Pepe no trabajaba por entonces, estaba estudiando. Mi padre seguía en Bobadilla y un hombre vendía un pianillo, de esos que se les da a la manivela e iban por las calles pidiendo. Él pensó, esto se lo compro yo a mi hijo Pepe que tiene tiempo, lo toca por Córdoba y se gana un dinerito.
¡La que se lió! No os quiero ni contar, porque ya os lo figuraréis vosotros.
- ¡Ese organillo lo vas ha tocar tú!
Decía mi hermano. ¡Que problema se le presentó al abuelo!
Se volvió al pueblo, y mira por donde, otro hombre que se enteró del negocio del piano, mientras mi padre estaba en Córdoba, ofreció más dinero y le quitó el negocio. ¡Que alegría le entraría a mi padre, ver solucionado su problema!
Aquel hombre pagó por el pianillo el doble de lo que mi padre iba a pagar, y claro, el que vendía se lo dio al que más le convenía a él.
Bueno sigo, después de todas estas peripecias, al cabo de poco tiempo, le vino a decir el señor que le quitó el negocio:
- Por favor se lo pido, mi mujer me va a matar si no le quito ese traste de en medio, deme usted lo que quiera por el pianillo, por favor se lo pido.
Llorando lo decía.
Por la fuerza quiso entrar el pianillo en la casa y tiró abajo medía vivienda. El abuelo con la suerte que había tenido de librarse de aquel traste le dijo:
- No gracias, no lo necesito.
¿Cómo acabaría aquel matrimonio?
Porque el divorcio no existía todavía seguirían juntos.
Cuando yo salía del colegio, con diez o doce añitos como es natural, lo que quería era jugar, a la salida se quedaban todas echando una partidita a la pelota, que a mí me encantaba. Claro, como vivíamos en frente, mi madre oía la campana, iba en mi busca para que le ayudará. ¿Qué iba hacer mi madre, si no me tenía nada más que a mí? A mí hermana Mary la cuidaba yo, éramos ocho de familia, y el único amparo que tenía era yo.
Desde chica era como una vieja, he tenido que aprender a coser, para hacerle los monos a mis hermanos, los vestidos a las niñas, así que con doce años deje de ir al colegio. Les hacía a mis hermanos jersey, en las fotos que tienen de pequeños se pueden ver, todos los saquitos están hechos por mí. Me ponía en la puerta y esa era mi distracción, como una vieja.
Cuando me acuesto empiezo a pensar y digo:
- ¡Anda, pero si esto o aquello no se lo he contado a mis niños! Pues, mañana se lo cuento, antes de seguir con lo mío.
Mirad, como os he dicho anteriormente, mi madre era muy devota de su religión, con seis hijos seguía lo mismo, nos llevaba desde muy pequeñitos a misa los domingos, no faltaba, habría que ver la misa que oía la pobre, iba a San Miguel, un día llegó el cura y le dijo:
- Catalina no venga usted a misa, con tantos hijos está usted dispensada.
Era un hombre de conciencia, o tal vez por poner orden en la misa.
La abuela con su conciencia más tranquila, dejó de ir, a ella le vendría de perilla.
Cuando la guerra, el día que yo no iba, tenía que ir ella a por las lentejas, eso era en San Cayetano, antes de repartir la comida, les daba el fraile, el cura o lo que fuera, un sermón. ¿Cómo sería el sermón que escuchó? Que a mi madre la cambiaron del todo. Desde entonces siempre le gustaba que rezáramos y diéramos gracias todos los días, pero, ir a misa hijos míos, eso... nunca se lo oí decir.
Ella nunca tuvo remordimientos de nada, tuvo unos hijos muy buenos y para ella eran los mejores. Tened en cuenta que nos criamos media juventud sin padre, tres de guerra y nueve de Bobadilla, ya eran años, y cuando más falta les hace a los hijos tener un padre y una madre.
Todos eran estudiosos desde chiquitos, y trabajadores.
Mi Rafi desde muy niña iba a solfeo, luego aprendió a coser, todo lo que hace lo hace bien. ¡Y como canta opera! ¡Y que bonita es!
Le quedó un año para terminar la carrera de canto. ¡qué lástima que no acabara! Enrique se quiso casar y ahí acabó todo, antes los hombres tenían otra mentalidad. Él también cantaba de barítono, lo dejó al mismo tiempo que ella.
Rafaelito mi hermano, desde pequeñito quería ser médico, siempre estaba con los libros, se presentó a un examen de la RENFE , era una beca para los hijos de ferroviarios, para que pudieran estudiar una carrera, sacó el nº 1.
Por entonces mi padre alquiló una nave y estableció a mi hermano Paco con un primo suyo, los dos eran mecánicos muy buenos y así empezaron la carrera, les fue muy bien, claro, necesitaban un aprendiz para hacer los mandados o lo que hiciera falta, y se llevaron a mi Rafaelito.
¿Cómo sería el examen que hizo con diez añitos? Que vino el director de RENFE a por él, volvió dos veces más para convencer a mi padre, pero no pudo, ya estaba con mi hermano y mi tío Pepín trabajando.
Mi hermano Rafael, era el más noble y más bueno que yo he conocido.
Luego Pepe estudiando más que un médico, se metía en su cuarto para estudiar y entrar en RENFE. Le hizo mi padre un aparato de madera y allí aprendía morse, mi padre de eso estaba muy bien preparado y siempre que podía practicaba.
Por fin entró Pepe de factor en RENFE, después de todo lo que estudió, se dio cuenta de que aquello no era lo suyo y se salió, solamente estaría dos años.
Lo que le hubiera gustado es ser pintor, pintaba muy bien, pero para eso hacía falta pinceles, pintura, lienzos, y el sueldo no daba para tanto.
También se fustró como Rafaelito. Lo que pintaba lo hacía con palillos, tenemos muchos cuadros de él que se pueden ver.
Ahora le toca a María de Jesús, desde pequeñita, muy chica, pintaba unos modelos con trajes antiguos, hacía unos dibujos preciosos.
Cómo sería que un amigo de mi padre que era profesor de pintura la vio, se llamaba Morita, dijo:
- Esta niña tiene que ir al dibujo.
Compaginaba el colegio por la mañana y por la tarde los oficios, así estuvo muchos años, hasta que entraron en casa los novios nuestros, y convencieron a mi padre para que fuera a Sevilla, hacer su carrera.
También tuvo que ir a Barcelona varios años para hacer murales, iba con una compañera suya, Ana Mary de Córdoba. Las dos se hicieron profesoras, Ahora las que están mejor de todos, son ellas.

Mi hermano Pepe se metió a viajante de joyería con un platero de Córdoba, le ponía muchas exigencias, entonces el tito Manolo que era platero le dijo:
Yo te voy hacer genero, y sales con lo que yo haga.
Se pusieron de acuerdo y empezaron a trabajar.
De entremeses os voy a contar otra anécdota de la abuela.
Cuando mi madre vivía en el palacete, tendría ocho o nueve años, hacía la dueña de la casa que sirviera la mesa, a la abuela aquello le encantaba, a la hora de servir los postres le decía:
- Catalina toma las llaves y trae almendras de la despensa.
Almendras de caramelo, eso lo hacía con mucho gusto, lo primero que hacía era su puñaito al bolsillo, después le llevaba las almendras a los señores. Como ella iba todos los días a misa, lo menos que se podía figurar era lo que hacía Catalina.
Mi madre lo primero que hacía era ir al confesionario:
- Padre me acuso de que me como las almendras.
Esto lo hacía todos lo días, el cura le decía:
- Te perdono pero ten cuidadito mañana.
- Sí padre, hasta mañana.
Así hasta que se dieron cuenta los señores, o les dijeron algo. Le quietaron las llaves, ella se quedo muy tranquila, pero... con la penita de las almendras, ya no le dijeron más que pusiera la mesa.
Os cuento: El tito Pepe era de ideas fijas, hacía que mi madre me mandara por pollos recién nacidos de esos que sacan artificialmente, iba yo muy lejos a la granja, cuando volvía con ellos hacía tanto frío, que se me morían por el camino.
- ¡Mamá que los devuelva, que se los han dado muertos!
Yo nunca fui a devolverlos, hasta que otro día me hizo ir otra vez, y dale que toma, otra vez se morían.
- ¡Que los devuelva, que se los han dado muertos!
¡Claro no resistían! Hasta que un día la abuela, me dio una botella de agua caliente, los envolví en un trapo junto con la botella, y llegaron vivos.
Recuerdo que eran tres gallinitas y un pollo, los metían en un cajón y les echaban la comida, que sería la justa, os digo la verdad, con tres meses aquellos pollos metían miedo. El gallo muy bonito, precioso, se comía todo el trigo y parecía un rey, pero los otros feos, desplumaos, canijos, horrorosos, todavía cuando me acuerdo me da susto.
Si queréis creedme, creedme, tuve que hacerles un jersey a cada uno, porque el cabezón de mi hermano decía que tenían frío, yo decía que lo que les pasaba era que tenían hambre. Lo más grande no fue eso, llegó un día Mary Carmen, una vecinilla que estaba allí todos los días, tiró el cajón y mira por donde mató al que se comía todo el pienso que estaba precioso.
Lo que allí pasó no me quiero ni acordar, allí se quedaron los tres desgraciaos con su jersey puesto, y como todo se acaba, al poco tiempo pasaron a mejor vida.
Mi padre tenía muchos primos hermanos por parte de padre y madre. Cuando menos lo esperaba se iba a Madrid a pasarlo bomba con ellos, como estaban jóvenes hacían muy buena liga. Mi madre mientras se quedaba criando niños, como era la costumbre.
Dos de las primas, Teresa y María se vinieron a vivir a Córdoba. Eran muy alegres y simpáticas, madrileñas las dos.
María se colocó en las oficinas de Abastos, y no carecía de nada, allí las suministraban.
Mientras encontraban piso se vinieron a vivir a casa, allí nos apañábamos como podíamos, estuvieron bastante tiempo.
A la tía María le salió un novio ferroviario muy guapo, y más joven que ella, mira por donde lo subió a casa, un día llegó mi padre y lo vio allí.
Le dijo a su prima María:
- En mi casa no entran hombres ningunos.
Como eran primos se dijeron de todo, se pusieron como trapos los dos. Se enfadó mucho porque había echado a su novio a la calle y se puso a buscar piso. Mi madre vio el cielo abierto, éramos tantos... y parió la abuela.
A la espalda del callejón de Adarve se fueron a vivir, le alquilaron una habitación a una señora que estaba necesitada, y allí se quedaron hasta que encontraron una casa que estaba detrás de la nuestra, y cuando su hermana Teresa tenía que ir a Madrid, le decía a mi padre que no la dejara sola con el novio, que estaba mal visto, mi padre me mandaba a mí a dormir con ella. Tendría yo 12 añitos o menos. Llegaba me acostaba en la cama de la tía Teresa y me quedaba durmiendo como un ceporro, ellos muy tranquilos porque estaban guardados por mí. Ante la señora de la casa era una tranquilidad para su moral.
Las titas mejoraron su situación hasta que la tía Mary se casó, y ya completaron su felicidad. Yo las quería mucho, eran buenas con nosotros, nos proporcionaban algún pedazo de jabón, azúcar, garbanzos, como ellas trabajaban un abastos, no les faltaba de nada, y a mi madre con esas cosas les hacían un gran favor.
Estas tías tenían otra hermana que se llamaba Virginia, vivía en Córdoba casada y con tres hijos, con el cuñado no se llevaba bien.
Se pusieron muy mayores. Tenían un perro, el animal se puso malo, cómo sería el cariño que le tenían a aquel animal, que malo, malo, malo, lo sacaban a pasear a la calle. Daba asquito verlo, como estaba tan malo no lo podían lavar, era blanco con caracoles, pero el animal se puso negro, a ella no le importaba, sacaba a su perrito a pasear, eso sí, le hizo un jersey y un abriguito muy bonito, para que no pasara frío.
El pobre perro con tanta mierda y aquel abrigo tan bonito a todo el mundo le llamaba la atención, a ella no le importaba.
Se le murió el perro, y podéis creerme, fue tanto lo que sintió a aquel animal, que cayó enferma, se puso muy malita. Un día fui a verla a su casa, estaba muy mala. Yo quería a las dos hermanas. Como soy tan traviesa, ya me conocéis, me dio por referirle cuando iba yo ha guardarla, cuando hablaba con su novio, le pregunté qué hacían cuando me quedaba dormida. Se reía tanto que me decía:
Katy no me hagas reír tanto que estoy muy malita.
No me pesa haberle hecho reír, no se me olvida. Murió a los dos días, el médico le diagnosticó, que le corazón no le había respondido al disgusto que se llevó al perder a un amigo tan noble.
Su esposo como era más joven que ella, se casó con una compañera de trabajo, muy buena persona.
Tita Teresa terminó en un asilo, los recuerdo a los tres con cariño.
Ahora me toca a mí.
Yo, de chiquitilla era una niña presumida, siempre llevaba lazos, mis trenzas largas y muy coquetona. Quería ser una mujer de provecho, y chica, chica, pensaba que yo tenía que aprender de todo para cuando fuera mayor. Mi ilusión era ser, como mi tía Carmelita, “una mujer pa un pobre”, como oía decir. Jugar no podía, no me daba tiempo.
Tita Rafi era chiquita, tenía que tener cuidado de ella, yo le llevo a mi hermana cinco años, y mi madre trabajando con el percance de la guerra, luego vino el abuelo y me trajeron a la tita Mary, que la tuve que criar yo, que ya estaba mayorcita.
Así que para ser la mujer de un pobre, tuve que aprender a hacer vestiditos, pantalones, monos, camisas. Aprendí de verdad a coser, a mano y máquina. Yo no tenía paciencia, hacía las cosas corriendo para que me diera tiempo a todo. Aprendí a hacer bolillos, crochet, a remendar, a blanquear, lo que se dice de todo, para ser una mujer de provecho.
Con cinco añitos me hice una muñeca de trapo, me gustaban mucho las muñecas y como no tenía, me la hice yo, pero se me ocurrió llevármela, a un comedor que íbamos los niños en la guerra, era por la “Torre de la Malmuerta”. Recuerdo como se reían de mi muñeca. Tendría que haberla guardado, ya que estaba hecha por mí.
Mira por donde, la señorita me vio llorar y me preguntó:
- ¿Caty por qué lloras?
- Porque se ríen de mi muñeca.
Le conteste, mientras el juguete volaba por todo el comedor de mano en mano.
- No llores, hoy te vienes a mi casa.
Llamó a una niña que sabía a su casa, para que me llevará, vivía en el Gran Capitán, del nombre de la señorita no me acuerdo. Lo que si sé, y no se me olvida, cuando llegué a la casa y me dieron una muñeca vestida de organdí, más grande que yo, la sensación que sentí la tengo grabada.
Lo más grande viene ahora, no me dio tiempo a disfrutarla, en el menor descuido, mi Rafaelito que tenía tres años, para que la muñeca orinara le quito su sombrero y le echó todo el agua que pudo. Orinar sí que orinó, pero no os digo la pena que a mí me quedó.
Por eso siempre me han gustado las muñecas tanto, he llegado a tener hasta treinta. Las viejas las ponía bonitas, todavía con setenta y seis años, me siguen gustando, siempre que he visto una niña pobre, le he regalado la muñeca más grande que tenía, recordando mi niñez.
La vecina Carmen, (la madre de la niña que mató al pollo) tenía otro niño que se llamaba Manolo, mayor que la niña, se criaban los dos en mi casa.
Bueno, esa señora era profesora de Corte y Confección, la abuela le pagaba todos los meses para que me enseñara, tenía yo diez años. En vez de comprarme papeles para hacer patrones, me compraba un metro de tela, y así empecé a coser, al poco otro metro de tela, y así sucesivamente.
Tita Mary me decía cuando le terminaba un vestidito:
- Otro vestidito.
Y así criamos a la niña con caprichitos. La verdad es que era una muñeca para todos, estábamos muy contentos con ella.
Con diez años entré en el colegio, con doce ya no fui más, porque me puse enferma con infección en el vientre, tan malita, que creían que me moría. El médico D. Rafael Garrido iba muy a menudo, pero no sabía curarme, hasta que dejó de ir porque veía que me moría y el pobre no sabía que hacer.
Llevaba dos meses mala, fue a verme el tito Carlos, el marido de mi tía Carmelita, la que yo tanto quería. Llevó para que me viera al D. Nicolás del Rey, un médico muy famoso de Córdoba, entre ese y D. Pedro Pablo, me sacaron adelante.
A la abuela, la pobre de tanto sufrir le salieron unos golondrinos debajo del brazo y se metió en la cama conmigo. Aquella casa era un desastre, nadie aparecía por allí, mi Rafi con siete años hacía todo lo que podía.
Mis hermanos eran mayorcitos, pero claro, venían de trabajar y no tenían tiempo de nada, se freían sus patatas y unos huevos y a nosotras que nos partiera un rayo. Eso sí, para no bajar la basura la quemaban en el piso. Como no se me olvida, lo tengo que contar.
El abuelo venía todos los sábados de Bobadilla y se iba el domingo, venía con muchas ganas de hacer cosas, como estábamos tan malitas, no sé lo que haría.
Lo que sí sé, es que cuando vinieron los médicos, me dijeron que comiera de todo, me acuerdo que me daban patatas crudas y zanahorias, muchas uvas que yo no mondaba. Por aquella casa no aparecía nadie.
Estando las dos acostadas se cayó María Jesús en el brasero, gracias que estaba casi apagado y la vecina la pudo coger. Era una mujer muy buena, pero tenía dos niños chiquitos y su madre mala, así que no nos podía ayudar.
Todavía vive Carmen, tiene noventa y tres años.
Todo esto os lo cuento porque es parte de mi vida, y os lo quiero contar.
Tardé mucho en recuperarme, me quedé jorobadita, me pusieron muchos rayos ultravioleta, y ese fue el motivo de quedarme estéril. Lo he sabido después de casada, me lo dijo D. Balbino, médico de ovarios.
Ya no volví al colegio, daros cuenta que yo era la única que podía ayudar a mi madre.
Mi hermano Pepe quiso hacer un gallinero en la azotea, encargaron a un carpintero las tablas con las medidas que él les dio, lo hizo grande, con su tela metálica y su puerta correspondiente, allí entrábamos todos de pie. ¡Era un señor gallinero!
Hubo que ponerle vigas de hierro amarradas, para que no se volara si hacía aire, mi madre todo lo que tenía de peso, lo echaba a aquel armatoste.
Ahora con la edad que tengo, recuerdo lo feliz que yo era cuidando las gallinas, teníamos por lo menos seis y varios palomos todos revueltos. Yo era la encargada de fregar diariamente aquel gallinero y darles de comer.
¡Como me querían a mí esas gallinas! Yo era completamente feliz, me sentaba en el centro de aquel armatoste para contemplarlas, y se peleaban por subirse en mis hombros y en mis rodillas. Ahora de mayor pienso que eso era cariño verdadero. Solo comían cáscaras de melón, se las picaba muy, muy picaditas, para que no ahogaran, les echaba las pipas y poco más. ¡...Y con que cariño me pagaban!
Recuerdo que me ponía a cantar las canciones que sabía, aquello era parte de mi juego. Mi madre tenía que subir en busca mía:
- Mamá el gallinero es muy grande y tengo que fregarlo bien. Le decía.
Hasta que un día pasó lo que tenía que pasar. Nos robaron todas las gallinas, los palomos y hasta la ropa que había en el tendedero. ¡Con la alegría que a mí me daba recoger los huevos tan gordos! En agradecimiento de todo mi cariño, digo yo que sería.
Hay cosas tan pequeñitas en esta vida, que no le damos la mayor importancia, pero cuando somos mayores y recordamos, decimos, que poco hace falta para que todo el mundo este contento y hacernos la vida entre todos más llevadera.
Mi hermano Pepe que era el mayor, como ya he dicho era de ideas fijas, muy borricote. Le dio una temporada por ir al campo a por pájaros, se tenía que levantar a las cinco de la mañana. Paco que era más pequeño que él, fue también dos o tres veces para acompañarlo, hasta que dijo que no iba más, y cuando él decía que no iba más, es que no iba. Claro a Pepe no le quedaba más remedio que coger otro resorte.
La cama donde ellos dormían era grande, dorada, y con muchas perinolas, Pepe le daba zamarreones para que se levantara Paco, y lo acompañara al campo.
Las perinolas y los muelles de la cama sonaban, y como toda la patrulla dormíamos en la misma habitación, allí se despertaba hasta Sanani el de las tortas. ¡No había quien durmiera!
Rafaelito que entonces tendría unos nueve años, siempre ha sido más noble y más bueno, se levantaba y decía:
- Yo me voy contigo.
Era el único modo de que se acabara la orquesta. Tened en cuenta que era invierno y algunas veces estaba lloviendo. ¡Había que ser cabezón!
Cuando venían, ni traían pájaros ni na, pero él decía que le gustaba estar en el campo, claro el chiquillo decía que a él también, es natural el campo le gusta a todo el mundo.
Ya vio compañía con Rafaelito y allá que se lo llevaba todos los domingos. Un día se presentaron con medio saco de piñas, venían los dos contentísimos, y los demás encantados de recibirlas, ¿Pero cómo quedaría el hombre que las había recogido y echado al saco? Ellos con la edad que tenían no pensaron que aquello podía tener dueño, iban locos de contentos por lo que se habían encontrado.
¡Si los llega a coger el que las había cogido, se comen hasta las
cáscaras!
Así siguieron yendo al campo, hasta que un día otro hombre que había puesto sus trampas, y vio a los nenes con la misma herramienta, les dijo:
- Estas son mis trampas.
Y se quedaron sin ellas, gracias a este episodio ya no fueron más a por pajarillos.
Al poco tiempo un hombre pregonaba a voces:
- ¡ Niños y niñas, llorad por piñas, llorad con ganas, que el tío de las piñas se va mañana!
Mi madre con mucha gracia nos dijo:
- Niños ya ha aparecido el dueño de las piñas.
Con el hambre que había, ¿dónde estarían las piñas?
Esto que os cuento ya estaba buena, como es natural, en la enfermedad me hice mujer a los trece años, así que tenía que actuar como una mujer.
De la casa de la abuela no salía una perrilla, todo lo que había era para comer.
Mi hermano Paco formó un equipo de fútbol, “El Colombia”, así se llamaba, el tito Pepe era el secretario y a todos los pueblos que los solicitaban iban, como es natural los domingos los tenían cubiertos.
Las camisetas del equipo y los calcetines los lavaba yo. Eso todas las semanas, el lunes, limpiaba las botas el tito Paco y un amigo que se llamaba Ortega, no os quiero decir como me ponían la casa de barro, de las 24 botas. Que sí, que le equipo era muy bueno y se merecía que nos sacrificáramos todos, pero daba mucho trabajo.
Mi carácter ha sido siempre alegre, y todo lo que hacía, lo hacía cantando, pero aquella faena no se me olvida. ¡Como me dejaban la casa de barro!
Por fin dijo Ortega:
-Ya está bien, ahora va a lavar la ropa mi hermana.
Claro su hermana les cobraba su trabajo, como es natural, pero yo vi el cielo abierto. Si hasta les tenía que coser y planchar la ropa. ¿No me iba a poner contenta?
El himno del equipo decía así:
Hay en Córdoba un equipo,
un equipo de fútbol,
que viste de azul y blanco
y de ese equipo soy yo.
Gasta los pases cortitos,
matemáticos, ligeros, y con mucha precisión.
Se diga lo que se diga,
es el equipo más joven,
y el mejor de lo mejor.
Estribillo: Trala, la, la, trala, la, la. (Así tres veces)
Colombia de mis amores
cuando veo que tu pierdes,
me dan ganas de llorar,
porque he visto que has perdido,
la esperanza de un partido,
que has debido de ganar.
Estribillo otra vez.
La música también me la sé, cuando queráis, os la canto.
El autocar paraba en la puerta de mi casa, y a todos les daba ganas de beber agua, no sé si sería por ver a la hermana del presidente, ya tendría yo, catorce o quince añitos, y...
Un día me echaron una serenata muy bonita delante de mi balcón, pero como les temía a mis hermanos, no quise asomarme, miré agachadita entre las macetas a ver quienes eran, pero no pude verlos.
Estas cosas todavía se me olvidan menos.
Contar mi vida, es una terapia que estoy haciendo a ver si quiere Dios que me ponga buena.
Un día, tendría diez o doce añitos, mi madre me mandó a por patatas, para eso había muchas colas y me tenía que levantar a las cinco de la mañana. La abuela me dio el dinero liado en otro papel para que no lo pediera, pero en la cola me entretuve en darle bocaitos al papel, y cuando acordé, allí no había billete, había un colaor. Corrí, corrí a mi casa, esperaba la riña correspondiente, pero nada. ¡Pobrecita mía, que lástima de hija! Vino ella conmigo y recogió las patatas.
Con la edad que tengo se me podrían haber olvidado estas cosillas, pero... ¿qué hago si no se me olvidan? Pues os las cuento para que sepáis darle valor a lo que tenéis.
Hacer los mandados de la casa me gustaba mucho, además daba lugar a que se aireara el paño. La abuela decía:
- El buen paño en el arca se vende.
Y eso era lo que yo hacía. Me sentaba en el balcón después de hacer por las mañanas las tareas de la casa, y dándome el sol me ponía a hacer bolillos, disfrutaba con todo lo que hacía, ¡parece mentira! No me acuerdo quien me enseñó hacer encaje.
Otras veces cosía o hacía crochet, nunca paraba, pero la verdad es que me sentía muy feliz.
Aireando el paño, más de un piropillo me decían desde la calle, la verdad es que siempre he sido coquetilla.
Los recados de todos también los hacía, eso daba lugar a que saliera a la calle, nunca le dije a mi madre que no quería ir, así daba lugar a que se me presentara algún pretendiente.
Una vez se me acercó un muchacho muy guapito, entonces a los chabalillos les costaba mucho trabajo acercarse a las niñas. Me acuerdo que aquel me contaba muchas penas, decía que era muy desgraciado, que se quería casar pronto, no tenía ni padre ni madre. ¡Madre mía! Pensaba yo.
De vez en cuando leía novelas de amor, siempre te ponían las cosas color de rosa. Mi única esperanza era pasar a una vida más cómoda. Así que con todo el dolor del mundo, porque lo pasé muy mal, le dije que no.
Otra vez me pretendió un muchacho con la camisa azul, falangista, en aquellos tiempos con lo que había vivido.¡Que no, que no! A ese mi Rafaelito lo despidió.
No sé porque eran tan pesados. No sé, si es que yo vendía bien el articulo desde el balcón, o es que estaba mona. La verdad es que por falta de pretendientes no me podía quejar.
Me hice una falda plisaita en azul, y un jersey blanco de lana fina con agujas finas, lo estrene el domingo para ir al Brillante. Por entonces las chabalillas en invierno nos paseábamos por allí, era costumbre en Córdoba,
en verano era la calle Gondomar. Yo nunca puede ir a pasear por esa calle, porque no me lo permitían, no porque yo no tuviera ganas, siempre me he conformado por darle gusto a mi madre. Entonces todo era malo, aquello sería por bien mío.
El día del estreno de esta ropa tan bonita íbamos tres amigas, mi prima y yo, con mis dos hermanas pequeñas, ellas siempre venían conmigo. Bajando el viaducto (eso todo ha desaparecido), tenía mi prima un chalet, y allí dejábamos a las niñas con otra prima casada, así nos podíamos ir solas a dar una vuelta y luego las recogíamos.
Ese mismo día se nos acercaron tres niños, uno para cada una, lo pasamos al completo. Uno se llamaba José Escamilla, otro Paco y Manolo Verdejo otro.
En resumidas cuentas nos salieron tres pretendientes. Los de mis amigas eran muchachos sencillos, así de nuestra clase.
Al mío, debí gustarle algo porque quería hablar con mi padre, yo tenía diez y siete años, buena edad para empezar unas relaciones. Me gustaba, pero... me parecía muy cursi, había estudiado, tenía otra preparación a la mía, y una posición más alta. Yo no me atrevía hablar, porque creía que iba a meter la pata, que no, que no, que yo no quería eso para mí.
Como mis hermanos tenían el equipo del Colombia, se hizo amigo de mis hermanos, iba a verlos jugar, les hacía fotos en el campo a los jugadores, y con ese achaque venía a mi casa. Yo lo pasaba muy mal cuando habría la puerta y tenía que decirle pasa, con la casa que teníamos sin condiciones ningunas. El corazón se me salía por la boca. Que no, que no, cuando pude le dije adiós que te vaya bien. ¡Con la gana que yo tenía de un príncipe azul!
Luego volvió y volvió, pero... no podía ser, yo no atrevía ni hablar para no meter la pata, ¿dónde iba yo con ese hombre?
Un día se le ocurrió a mi madre acompañarnos en el paseo del domingo, ella era muy lista y sabía que algo ocurría en el paseo, y nos acompañó, con la sorpresa inesperada que se me acercó el que tenía tantos estudios y preparación, sin pedirle permiso a mi madre. Se puso a mi lado como si no pasara nada.
Mi madre decía que había pasado vergüenza, porque no esperaba aquella sorpresa, la verdad es que no fue capaz de decirle nada y aguantó el chaparrón todo el paseo.
- ¡No se me ocurrirá más ir contigo, Dios mío que vergüenza me has hecho pasar!
Repetía mi madre.
Cada día me alegro más de no haber seguido con esa aventura, Dios me tenía preparado algo que sería para mí, lo más grande y que me haría feliz.
Hacía veinte años que vivíamos en la misma casa, cuando nos dijeron los dueños que querían venderla, a mi me dio pena, era toda una vida llena de emociones y vivencias.
Por este tiempo, antes de mudarnos me salió un pretendiente, era un muchacho malagueño, que venía al parador a vender plantas de todas clases. Este muchacho era muy bien parecido, pero tenía algo en una pierna y andaba con ella tiesa. Me decía que estaba dispuesto a casarse conmigo. ¡Menos mal que llego la mudanza! Yo sentía un miedo atroz al verlo andar, hoy no le doy ninguna importancia a eso, pero con diez y ocho años no sentía lo mismo. ¡Menos mal que se presento la mudanza y lo pude perder de vista! Era “kanqui” lo que me daba verlo, aunque sentía por él mucha lástima.
¡Cosas de la juventud!
El cambiar de casa fue mi gran suerte. De la Plaza de Colón a la Catedral, no estaba mal. La casa era preciosa ,en la calle Encarnación nº 12, donde ahora se trabaja la artesanía del cuero.
Entonces la ocupábamos siete vecinos, había niñas de mi edad, todas muy bonitas, por lo menos nos juntábamos siete.
Nos dieron dos pisos en la terraza con vistas a la catedral, el cambio nos gustó, entre los dos pisos juntábamos siete habitaciones, no estaba mal, éramos ocho de familia, no teníamos cuarto de baño, pero bueno, como estábamos acostumbrados a pasar sin él, no lo echábamos de menos.
Este fue el cambió que nos hizo el dueño de la casa anterior, para así poder venderla.
Como vivíamos en el interior de la casa nueva y con tantas vecinitas, me dejaba mi madre salir con ellas. Darle la vuelta a la Catedral que era lo que hacíamos.
A mí me gustó el cambio de vida, veinte años en el mismo balcón, era demasiado balcón.
Un día que íbamos reunidas las amigas, se nos acercaron tres holandeses muy monos para preguntarnos por algo, pero de momento tomaron confianza y subieron a mi terraza para ver la Catedral desde allí, que era una vista muy bonita.
¡La liamos! Lely que así se llamaba una de las niñas, recitaba de maravilla y estuvo recitando, mi hermana cantó opera, que lo hizo fenomenal, bailaron sevillanas, se formo una fiesta que nunca soñarían ellos, seguro que no se les ha olvidado en toda su vida. Ni ese manojo de chavalas, andaluzas y cordobesas tan bonitas como un primor.
Al día siguiente por la tarde quedamos para enseñarles Córdoba, terminamos en casa de mi vecina Carmen, que había comprado una casa grande con jardín, allí nos recibió a todos los que íbamos, puso música, bailaron y así fue la despedida de los holandeses.
Como decía mi madre:
-El buen paño en el arca se vende-
Un muchacho que vivía cerca, estuvo presenciando desde su terraza la fiesta que habíamos hecho para los turistas, oyó cantar a mi hermana Rafaelita, que canta mejor que la Caballet, con eso lo digo todo.
Al día siguiente estábamos todas las muchachas reunidas en la puerta de la calle y este muchacho se acercó a preguntarnos quién cantaba, las niñas empezaron de bromas con él, yo que era más formalita, le dije que era mi hermana la cantante.
SEGUNDA PARTE
...formó Dios a la mujer y se la
presentó al hombre, quien exclamó:
“ Esta si que es hueso de mis
huesos y carne de mi carne”
Desde entonces aquel muchacho me echó el ojo, hasta que se pudo acercar a mí. ¡Bendita sea la hora!
Un día íbamos paseando todas las amigas, era ya de noche, se acercó a mí, y todavía me acuerdo el susto que me metió, así... de pronto, sin esperarlo.
Estuvo viniendo toda la semana y sin decirme nada, habló con mi padre y lo averiguó todo. Si no lo llega hacer así, no estoy muy segura si me hubiera arreglado con él. Cuando mi madre se enteró se puso contenta, yo ya había cumplido los veinte años, pero primeriza en el noviazgo, le ponía faltas.
- Mamá, tiene los dientes muy grandes.
- Mamá, que me cuenta cosas que no me gustan .
Todos los días me preguntaba mi madre, qué tal me había ido, cuando pasó una semana le dije:
- Mamá si me gusta.
Desde entonces cada día más contenta.
Así como el que no quiere la cosa me fue contando su vida. ¡Ay madre mía, si éste era todavía más desgraciado que el otro!
Cuando tenía siete años se murió su madre, aquello fue un desastre, como el padre no era muy sensato, trajo siete hijos al mundo, la segunda Julia con la que hemos convivido casi desde que nos casamos, ya que al año de casarme murió su padre y se vino con nosotros.
Los cuatro hermanos pequeños al morir su madre los metieron en San Jacinto, y murieron uno tras otro. Me decía Manolo que uno de ellos era más listo que el hambre, pero tenía una enfermedad de columna y no se podía poner de pie, recuerda como se arrastraba en busca de él. Aquella criatura, a mi marido no se le olvida.
Manolo con siete años entró de monaguillo en San Francisco, estuvo hasta los once, allí se buscaba la vida, las señoritas de Acción Católica, lo quisieron meter a cura, porque se daba a querer. Don Carlos el cura, que conocía bien a Manolo, les dijo que hicieran lo que quisieran, pero que el muchacho era demasiado vivo para poder sujetarlo en un seminario.
Lo llevaron y duró una semana.
Don Carlos lo apreciaba mucho, y siempre le tenía sorpresas reservadas por Reyes.
Era yo chiquitilla y en la cabalgata de los Reyes Magos, salía una carroza con un niño que hacía de zapatero, empinaba la bota para beber vino y le daba a los zapatos, me acuerdo perfectamente, era Manolo que tendría entonces unos nueve años, igual que yo, ya que somos de la misma edad.
Esto que os cuento no es mi vida, es la vida de Manolo, pero lo refiero para que os hagáis una idea de lo que pasaría vuestro tío, tan chiquito, sin padres, y teniendo el cargo de su hermana.
Las penas que me contaba, era lo que yo le decía a mi madre que no me gustaba. Ahora pienso que su madre, desde donde fuera, lo puso en mi camino.
El decía a las señoritas de Acción Católica que quería ser platero, ellas lo tuvieron en cuenta. Un día Dª Araceli Gómez, que vivía en la calle de La Feria, habló con sus hermanos que eran plateros y lo metieron en la platería para los recados, tendría unos doce años.
Era tan vivo y tenía tantos deseos de aprender, que cuando lo mandaban a un recado, volvía enseguida, no tardaba ni un minuto, le decían:
- Pero nene, ¿ya estás aquí?
Corría como una bala, el sólo quería aprender el oficio de platero, y lo consiguió.
Cuando yo lo conocí todavía estaba con “Los Gómez”.
Un día me dijo:
- Katy, ¿te parece bien que deje el taller y trabaje por mi cuenta?
Yo sabía que por muy mal que le fuera, yo estaba preparada para llevar una casa, así que le dije:
- Ni lo pienses, adelante, juntitos llegaremos a donde queramos.
Claro que antes se lo había consultado a su tío Ricardo Baena, platero de toda la vida, que tenía un taller en la Catedral, frente a la Virgen de los Faroles, el tío le dijo de momento que sí. Este hombre era hermano de su padre.
Empezó a trabajar haciendo partidas a “los Aguilar”, que vivían entonces en la Plaza de la Magdalena.
Siempre estaba trabajando a todo ritmo, tenía muchos deseos de conseguir algo en la vida. Había noches que no venía a verme por terminar las partidas.
Cuando venía a casa, el tiempo de pelar la pava lo dedicaba a estudiar. Mi hermano Rafael que siempre ha sido una bendición de hermano, y un maestro formidable, le enseñaba.
Manolo nunca fue al colegio, lo que sabía lo aprendió por si solo. Un mes fue a un colegio de pago, que lo puso su tío por las tardes, tendría ya diez y ocho años. La señorita lo tenía en cuenta por la mucha voluntad que ponía.
Para ser platero le convenía hacer dibujo, y tenía que aprender para poder entrar en Artes y Oficios.
Un mes le pagó su tío, pero como le pareció caro, no quiso ir mas. Allí aprendió las cuatro reglas. La maestra al ver que no iba, fue a casa del tío a decirle que por el dinero no lo hiciera, que ella le enseñaba gratis. Como mi hermano Rafael le propuso enseñarle, ya se olvido de la clase.
Él decía, si no aprendo no puedo conseguir lo que quiero. Todo lo que hizo fue a fuerza de trabajo y voluntad.
Muchas noches desde su terraza, me tocaba su pito bonito o silbido, para decirme que no venía a verme, pues le daba calentura. Yo, que tanto deseo tenía que llegara la noche para verlo, me quedaba desolada. Mi madre decía :
- ¡Mira mi niña que pronto oye el pito!
Aunque no podía pelar la pava, me gustaba verlo, con eso me conformaba. Ya empezaba a querer mucho a mi novio. ¡Se me llena la boca de novio!
Me puse a coser para la calle, me salía mucha costura, yo corría y corría, para hacer las cosas de la casa y poder terminar pronto para ponerme a coser. Ese dinerito lo guardaba para comprar mi ajuar. También hacía jersey para la calle.
Cuando me casé llevaba un ajuar muy buenecito, ya que tuve tiempo de hacerlo en los seis años que duró el noviazgo.
Las sabanas más bonitas me las hacía la tita Mary, aún conservo algunas, bordaba de maravilla.
Mi hermana Rafaelita era como la abuela Teresa, todo lo hacía perfecto, era muy primorosa, yo... era más ligerilla.
Me acuerdo un día haciéndole a una novia el traje de viaje, para hacerle la solapa, le metió una hoja de periódico por la cabeza, yo no sé lo que se me infundió aquello, empecé a reír con mucha gana. Ya conocéis a la tita Katy cuando se ríe, y Rafaelita dándole vueltas al periódico y riendo a la par. ¡Aquello fue...! Menos mal que la clienta era muy buena persona y no se mosqueó, pero si llega a ser otra, nos da con una maceta en la cabeza.
Esto que os voy a contar no se lo he contado a nadie, pero con la edad que tengo ya, no me lo quiero llevar a la tumba.
Decía el tito Manolo cuando tenía ocasión:
-Ve al espejo y me enseñas las piernas.
Las piernas eran solo un poquito por encima de la rodilla, yo estaba educada con la mentalidad de que todo era malo. ¡Y cualquiera se pasaba! Daros cuenta que el espejo era de esos parecidos a los que ponen en la feria, una calidad muy mala, distorsionaba la imagen. Estos pisos estaban en la terraza, él se quedaba fuera y yo iba a la exhibición. Ahora pienso, ¿cómo serían las piernas que veía? Si serían las gordas o serían las finas, según te pusieras, así se veía. Cuando yo salía a la terraza era un Miura, aquella actitud a mi me satisfacía, porque veía que era muy machote.
Yo siempre tenía el miedo sembrado por todas partes.
En aquella terraza había un palomar del vecino, y desde allí teníamos al pobre hombre mirando por el agujero de la cortina. ¿Qué veía? Abrazarnos o besarnos, otra cosa era imposible de los imposibles. ¡Que más hubiera querido yo!
Mi hermana Marí tenía por entonces unos nueve años, y siempre estaba de detective. Mi madre nunca me dejó salir a despedirlo, en seis años que estuvimos hablándonos, no pude salir a decirle adiós. Lo del espejo se lo camuflamos, y... otras cosillas... con mil habilidades.
Cuando entró mi cuñado Enrique en casa, después de dos años de hablarnos nosotros, entró un aire nuevo. Mi cuñado era la persona más graciosa que yo he visto, mejorando a mi marido, como es de ley, y para que no se me enfade.
¡Formábamos unos guirigáis! Comer por aquellos tiempos comíamos poco, pero... reírnos, nos reíamos mucho. ¡Verdad que nos hemos reído!
Mi madre como veía a los novios muy delgaditos, les daba un vaso de leche, otras veces hacía arroz con leche. A Enrique no le gustaba el arroz con leche, pero por no despreciar a su futura suegra se lo tomaba.
A tito Manolo todo le venía bien, pero vuestro padre se metía una cucharada, otra, otra, y cuando ya no podía más, echaba arroz hasta por las orejas. Tenían que haber estado allí, los pollos raquíticos del tío Pepe, porque esturreaba el arroz por todos lados.
Una Navidad se presentó el novio de mi hermana, (que era lo más gracioso que yo he conocido) con una cabeza de ajos metida en la boca, una medía marrón y un sombrero, felicitándonos las Pascuas como un enterrador.
¡La que se lió aquel día, no me quiero ni acordar!
Por si esto fuera poco, se fue a felicitar a unas vecinillas jóvenes como nosotras. ¡Aquella noche fue inolvidable para todos!
Lo malo fue cuando se presentó a felicitar a mi vecina Isabel. Su cocina daba al patio, y cuando la pobre mujer que era coja, lo vio, soltó las muletas y chillando, chillando se arrastraba por el suelo para poder escapar, gritando:
- ¡María, María!
Gracias que era muy buena gente, que de lo contrario, se la hubiera liado a Enrique por asustarla de esa manera.
Nos hizo pasar una noche, que no se nos olvidará nunca.
Mi Rafaelita cuando menos lo esperábamos también hacía de las suyas. Un día se vistió de hombre, toda la cara emborrizada de tizne negra, un tizón. Cogió un saco de picón y un sombrero, y fue a vendérselo a mi madre.
La abuela decía:
- No quiero picón, ya tengo un saco.
El falso piconero se metió detrás de ella hasta la cocina
Mi madre gritaba:
- ¡Le he dicho que no quiero picón!
Y le daba empujones repitiendo:
- ¡Que no quiero picón, que no quiero!
Os lo estoy contando, y me estoy riendo a la vez de esta anécdota. De vuestros padres os podría contar muchas más, pero no acabaría nunca.
¡Que poco se necesita para ser feliz! Tan solo de recordarlo me lo estoy pasando bomba.
Me acuerdo que me contaba el tito Manolo, lo que tenía que hacer para ganarse el sustento cuando era monaguillo, hacía el movimiento de cada sacristán, y con aquellos gestos nos partíamos de risa todos.
En los entierros, según las capas había que llevar sacristanes, cada entierro tenía un precio. El monaguillo que era entonces Manolo, tenía que buscar los sacristanes, cada uno cobraba un tanto, para que le saliera más barato y ganarse un dinerillo, se buscaba los pobrecitos mutilados que había en Córdoba, uno jorobao, otro medía oreja, otro con una sola pata. ¿Cómo seria? Que el cura el decía:
Pero Manolillo, ¿de dónde sacas estos elementos?
Don Carlos, no he podido encontrar otros.
Claro que por entonces se moría mucha gente y el cura se tenía que conformar. Todo esto me lo contaba Manolo haciendo los movimientos del sacristán que había buscado. ¡Que gracia me hacía mi novio! ¡Cuánto me hacía reír, y que bien lo pasamos de novios!
Cuando llegaba la Semana Santa, me quedaba muy triste, todos los años que nos hablamos, que fueron seis, en estas fechas se iba de perol con sus amigos que eran todos mayores que él, y se lo pasaba fenomenal.
Él decía que me fuera con mis amigas, pero... ¡Con las ganas que yo tenía de que me saliera un novio, guapo y moreno como él, para poder vestirme de mantilla! Tenía todos los accesorios de la abuela, no tenía que comprarme nada, pero me quede con las ganas.
Después de casarnos, nunca jamás se fue solo.
Os digo: A los cinco años de hablarle al tito, como os he dicho anterior mente se iba a los peroles con sus amigotes, y mira por donde un chinchorro le dio por fijarse en él. (Por si no lo sabéis un bicho de los cerdos) Me lo picó tan bien, que por poco me deja sin él, le daba hasta 42 de calentura.
Creedme yo pensé que me quedaba sin novio, con el ajuar hecho, el piso puesto, como tenía tiempo, hice hasta el jatillo por si tenía niños, y luego me hice la ropa para después de casada, ancha para mi barriguita. ¡Con todo lo que hice, y con todo lo que yo lo quería! Lloraba, lloraba con toda mi alma, y le pedía a Dios que me lo curara. Por lo menos quince días estuvo a la muerte.
El médico que lo visitaba no sabía que hacer, y le dijo a su sobrino que era don José Aumente que se encargara de él, ya que era más joven y conocía medicinas más modernas. Este médico era primo hermano del tito Manolo, con tan buena fortuna que todo le que le mandaba le sentaba bien, hasta que se puso bueno
Cuando Manolo se fue a trabajar al taller de su tío, le pagaba el alquiler, y el gas, porque ya ganaba dinerillo haciendo sus partidas de genero, tenía mucho trabajo.
Su tío Ricardo trabajaba con él, y con un sobrino de su mujer, y les dijo:
Manolo júntate con Paco y así hacéis el trabajo juntos.
Les pareció bien la idea de su tío y se unieron los dos. Por ahí empezó el negocio.
Manolo aprendió muy bien a escribir a máquina, todos los días lo hacía, se buscó un profesor que vivía en mi misma casa, y así pudo establecerse por su cuenta con el otro pariente.
Todo esto os lo cuento, para que no haya equívocos en la familia.
Empezaron hacer genero entre los dos, pidió un crédito al banco, el director le dijo que necesitaba un avalista, pensó que le firmara su tío, pero este dijo:
- Si no me lo da a mí, y yo no le pido favores a nadie.
Su suerte fue, que el director del banco creyó en él, y Manolo supo corresponder con su formalidad.
Así empezó a trabajar independiente, claro que con la ayuda de su tío Ricardo que lo apoyó en la lucha.
Entre el primo y él, fueron haciendo genero para poderlo vender por su cuenta, claro está. Esto sin dejar de hacer partidas a los plateros Aguilar, ya que tenían que cobrar su sueldo todas las semanas, así que trabajaba hasta las tantas, venía tarde a verme y sin dejar de estudiar. ¡Menos mal que el pelao de la pava era corrientito! Si no, ¿qué hubiera sido de él?
Así juntos los primos estuvieron siete años.
Ya que tenían algún genero almacenado, mi hermano Pepe se hizo su representante y salió a vender. Al principio fue con el nombre de Ricardo Baena, que lo conocían en todos los pueblos por haberle comprado a él, y ser un platero de los mejores. Esta facilidad que les dio su tío a ellos, y a mi hermano, fue muy importante, no hubiera sido lo mismo empezar con un nombre desconocido, que con el de un platero de renombre en Córdoba.
Como ya os he dicho estuve seis años de novios que fueron de abstinencia. Nos casamos y lo celebramos en el patio de la casa de la calle Encarnación. El padrino fue mi hermano Rafael, y tita Mary la madrina.
El convite fue a todo postín, bocadillos de todos los embutidos, ¡hasta jamón! Todo un lujo, dulces. ¡No faltó de nada!
Pero los novios terminamos hechos leña de tanto preparar, y luego repartir con platillo en mano, para que se quedaran todos contentos y hartos de comer.
Luego tocaron un pasodoble para que bailáramos.
¿Cómo sería el cansancio que teníamos los dos? Que no recuerdo mucho de esa noche.
Al día siguiente nos fuimos los dos solitos a comer a un restaurante del Brillante. ¡Era la mujer más feliz del mundo! El taxista que se dio cuenta que éramos recién casados, nos puso una música preciosa, lo único que nos hacía falta para quitarnos de dormir la siesta. Ese día si que lo recuerdo.
Al día siguiente nos fuimos de viaje de novios nueve días, estuvimos en El Escorial, en Madrid, en Toledo, en Aranjuez, días inolvidables para mí, viví en plena libertad después de seis años de relaciones.
Tuve la fatalidad de que le primer día que llegamos a Madrid me vino la regla. Enrique, mi cuñado nos subió en un tren equivocado, que daba más vaivenes que los cochecitos de la feria. ¿Cómo sería el viaje? Que el primer día de llegar a Madrid me tuve que quedar en el hotel haciendo cama por los desates que llevaba. Tuvo que venir el médico a ponerme una inyección, el segundo día ya pudimos seguir nuestro viaje disfrutando de aquellos días maravillosos.


Toda la vida hemos estado muy compenetrados, tenemos las mismas ideas, la misma mentalidad y forma de ser. Haber pasado las mismas calamidades, nos ha unido más, creo que todo junto ha sido la gran felicidad nuestra.

Os cuento todo esto por si os sirve, para daros cuenta de la suerte que habéis tenido vosotros.
Ahora voy ha empezar con mis hermanos.
Paco y Pepe estaban establecidos y Rafaelito trabajaba con ellos, ya ganaban su dinerito, claro tenían sus novias y querían casarse. A la abuela le daban una ayudita todas las semanas, y lo demás para poder organizar su vida.
Compraron un solar en la Avenida de Libia nª 11.
Para eso había que economizar mucho. La pobre de mi madre nunca salió de apuros, pero si vio a sus hijos situados, y trabajando por su cuenta que era lo que mis padres querían.
Todo esto había que hacerlo con prestamos de los bancos, de lo contrario, no se hubiera podido hacer.
Trabajamos todos juntos, en mi casa se hacía todo, los monos de trabajo, las camisas... lo que se dice todo. Nuestro único afán era economizar, para poder empezar los negocios.
Me acuerdo de ver a mis padres mirando el almanaque, para pagar las letras correspondientes y que no pasara la fecha. Mi padre averiguaba todo el papeleo de los prestamos.
Así es como empezó la Familia Molina, para poder situarnos saliendo de la nada, como ya os he contado al principio de mis escritos.
Paco quiso casarse y se hizo un pisito precioso. Se casó con la muchacha que había escogido, Consuelo, mujer de su casa, bordadora y muy simpática, Se casaron a gusto y para toda la vida.
Luego me casé yo. ¡Otra vez con los prestamos!
Hizo mi padre otro piso en lo alto del de mi hermano, quedó muy lindo. Yo he sido la mujer más feliz del mundo con el piso que tenía. Toda la vida deseando tener un piso bonito, y lo conseguí.
Luchando todos unidos y con mucho sacrificio, esta es la única manera que tenemos los pobres de conseguir las cosas.
En aquella casa se casó el primero, y ya todos querían casarse.
La segunda fui yo, que me casé con el único novio que he tenido, guapo y moreno como a mí me gustan los hombre, y aquí seguimos juntos.
La tercera fue Rafy y Enrique, a ese si que le entró fuerte, vino de la mili y enseguida quiso casarse, llevó poquito ajuar pero, no le importó.
Para que vivieran había que levantar los techos de mi piso y hacer el suyo encima, eso fue con ayuda del estado, y... otra vez prestamos.
Todo esto lo pagamos a fuerza de años, todavía guardo los recibos de lo que nos costó, desde el primero hasta el último.
Dos cositas más os voy ha contar, que las tengo en mente y no quiero llevármelas al otro lado, para eso estoy haciendo la terapia.
De esto os tenéis que enterar, porque es muy interesante.
A los tres meses de estar casada, caí mala, con una enfermedad tan rara que ni los médicos sabían como se llamaba. ¡Con lo a gusto que yo estaba!
Se me lleno todo mi cuerpo de manchas negras, y además estaba hecha una pieza, todas las coyunturas de mi cuerpo rígidas. ¿Qué pensaría el recién casado?
Me llevaron con mi madre y allí estuve tres meses curándome, me dijo el médico:
- Gracias que estás operada de la garganta, sino te hubieras muerto.
Ya que estaba mejorcita le dijo mi madre a Manolo:
-Anda y acuéstate un ratito con ella.
La verdad es que aquel ratito me hizo levantar cabeza. (Sin risas que os conozco).
A los pocos días me fui a mi piso, y poquito a poco me fui poniendo buena. Entonces fue cuando me traje a Juli conmigo, ese año fue el que murió su padre, y se quedó con nosotros para siempre
Ahora sigo con la lucha de Manolo, para descansar un poco de lo mío.
Mi marido tenía más deseos de lucha que su primo Paco, él era menos luchador, y decidieron separase. Así que cada uno cogió su parte. Paco se quedó con el taller de su tío Ricardo, y Manolo como ya estábamos casados, puso el taller en una habitación de nuestro piso. Tuvo que comprar todas las herramientas y dos bancos, con eso instaló el taller.
Mi hermano Pepe siguió con él de viajante, y continuamos la lucha.
A los tres o cuatro años de trabajar en nuestro piso, mi marido cayó enfermo del pulmón. El doctor don Jesús la Porta lo quiso mandar a los Morales, un sanatorio que había en la sierra.
Yo le dije al doctor que prefería que se quedara en casa. El médico recorrió el piso, y vio que tenía buenas condiciones, ya que la casa estaba situada alejada, sola, como en el campo.
Don Jesús se volcó con él. La Sociedad de Plateros le costearon las medicinas, que por entonces eran carísimas. ¡Menos mal que ya existía la estreptomicina! Eso fue lo que le curó.
Yo estaba todo el día, dándole buenos alimentos.
¡Dos años se pasó sin levantarse de la cama!
Gracias a que se quedó en casa, pudo llevar el negocio desde la cama. Tenía tres empleados en el taller, y mi hermano Pepe viajando. Mi hermano a la par de la joyería vendía filigrana de plata, y con las dos cosas se bandeaba bien.
Una vez que Manolo se curó, mis hermanos le alquilaron una habitación grande en el taller que ellos tenían en la planta baja de la casa, y allí pudo ampliar el negocio.
Gastos tenía pocos. A mi me asignó un sueldo de cuatro mil ptas., yo me administraba y tenía bastante para los gastos de la casa, nunca tuve que pedirles nada, todo el esfuerzo era para que el negocio pudiera subsistir. Nunca les faltó el sueldo a sus empleados.
Por ese tiempo se vino con nosotros un hijo de mi prima Pepita, ella estaba muy necesitada, y nos dejó a nosotros su hijo que tenía tres añitos.
Al no tener nosotros hijos, lo criamos como si fuera nuestro, siempre estaba unido a mis sobrinos que vivían en la misma casa.
Si os cuento todo esto, es para que sepáis, el esfuerzo que nos costó situarnos, ya que partimos de la nada. Conocer las calamidades, fue lo que nos impulsó a luchar por conseguir algo.

Por estas fechas, mi hermano Rafael que quedaba soltero, conoció a unos amigos, entre ellos Aristóteles. Este amigo tenía una hermana que se llamaba Remedios, muy bonita y que tenía quince o diez y seis años. Me acuerdo que decía su madre:
- Rafael me gusta para mi hija.
La madre tenía buen gusto, porque Rafael era para gustar. Y mira por donde, como Remedios se venía por temporadas a casa de sus hermanos, ya que ella vivía en Sevilla, y los hermanos eran amigos de Rafael, por ahí vino el enamoramiento.
A mí también me gustaba Remedios, y a mis padres, así que todos contentos. Al poco tiempo estábamos de boda.
Yo contentísima de todas mis cuñaillas, que me han dado unos sobrinos maravillosos, no solo por guapos, también por buenos. Junto con los de mi hermana que vivían arriba, los hemos disfrutado mucho su tío y yo.
Pepe tardó más en casarse, como viajaba no tenía tiempo de novia. Mi madre le decía: - Junta Pepe, que te tienes que casar.
Pero Pepe soltero, no juntaba.
Ella estaba mayor, quería verlo recogido, como cualquier madre. Y... mira por donde conoció a Emilia, una mujer completa del gusto de todos. Estuvieron muy poco tiempo de relaciones, yo creo que no tardaron ni tres meses en casarse. Se fueron a vivir a un piso que había comprado mi padre por Calos III.
Tuvieron una hija maravillosa, Katerin .
Sigo con lo de mi marido.
Dejaron el taller alquilado y la parte que correspondía a Rafael y a nosotros, Rafaelito se la regaló a Pepe, o se la cambió de eso no me acuerdo. Manolo hizo un taller grande que hoy tenemos sin utilizar.
Allí fue donde empezó Manolo a meter personal para trabajar. Todos los que trabajaron con él, aprendieron el oficio y nunca se quedaron parados.
Mi cuñado Enrique llevaba la contabilidad, y, entre trabajadores, viajantes, contable y empresario, se pudo conseguir la empresa.
Gracias al cambio de vida pudimos viajar por toda Europa como veréis en las fotografías. Al no tener hijos hemos tenido más libertad para viajar, y los dos unidos hemos visto mucho mundo.
Ya casados los tres hermanos, como sabéis vivíamos juntos, habéis nacido los cinco sobrinos y mi Juani en esa casa, y yo he disfrutado de todos vosotros, erais los niños más lindos del mundo. ¡Os quiero como si os hubiera pario!
Vuestro tío Manolo cogía el coche, y allá que os llevaba a todos a enseñaros a nadar. ¡El valor que le echaba, con la responsabilidad que llevaba por delante con tanto niño! ¡Menos mal que no os pasó a ninguno nada, gracias a Dios!
Cuando nos casamos teníamos una Vespa, Enrique tenía un Biscuter, era el coche más gracioso de Córdoba. Jesús y María que eran otros amigos tenían moto, así que nos juntábamos una pandilla de matrimonios, y no nos hacía falta irnos a ninguna sala de fiestas.
Unas veces nos íbamos la Puente Mocho, otras al pantano de Alcolea, y con mi hermano Paco que tenía un camión, nos íbamos a la ribera del Guadalquivir.
¡Y como disfrutamos de esa ida y venida todos alegres!
Nuestros primeros viajes fueron con las motos, éramos jóvenes y con muchos deseos de vivir en libertad, ya que nunca pudimos tenerla por la mentalidad de entonces. ¡Que vida más absurda!
Ya de casados todo era licito. Gracias a Dios todo ha cambiado para mejor.
Nuestro primer viaje fue a Huelva, empezamos rompiéndosenos el espejo del “fin de semana”, la madre de mi amiga Maruja que era muy supersticiosa, cuando vio que le espejo se había roto, y que se quedaba con dos nietos a su cargo, nos dijo:
- ¡Por Dios no iros, que algo malo os va a pasar!
Cómo íbamos a hacerle caso, con las ganas que teníamos de hacer aquel viaje, y allí dejamos a la madre de mi amiga, rezando hasta que volvimos, no sé si fue gracias a eso, que no nos pasó nada.
Íbamos llegando a Sevilla camino de Huelva, y, lo que le pasó a Manolo no lo sé, solo sé que empezó a decir:
- ¡Jesús, Jesús, que voy, que voy...!
Que le metió un vespazo por detrás, que volamos los dos. Gracias que llevábamos pantalones y que no pasó ningún coche en ese momento, que sino nos hace mierda a los dos.
A la moto se le torció el faro, y así llegamos a Huelva. ¡Había que ver como quedó la moto! Gracias a que rezó la madre de Maruja nos libramos.
El viaje fue precioso, vimos las grutas de Aracena. ¡Tenía que verlas todo el mundo! ¡Que pueblo tan bonito!
En la pensión que estuvimos, nos dio la señora Juana unas habichuelas, que... como estarían de buenas, que a los cuatro que comimos, no se nos han olvidado todavía, o tal vez es que llevábamos mucha hambre, vete tu a saber.
Mi hermana Rafi y Enrique podían haber venido con nosotros, pero por entonces los niños estaban muy pequeñitos, y no los podían dejar con nadie.
¿Verdad que parece que la cosa iba cambiando, después de tantos percances en esta vida?

Ahora os voy a contar nuestro viaje a Portugal. Nuestros amigos Jesús y María dejaron la Vespa, y se compraron un Cuatro, Cuatro, que el `pobre era un burro de carga, entrábamos en él seis, los dos matrimonios, y sus dos hijas, Margarita y Mª Jesús que era mi ahijada.
En Portugal vimos la ciudad de los Pequeñines, es lo más bonito que he visto yo en toda mi vida, todos los edificios famosos construidos allí en pequeño, en un jardín inmenso. También vimos un cementerio de perros, era precioso, cada perrito con su panteón correspondiente, con epitafios a cual más bonito, eso hay que verlo.
Dio la casualidad que en ese momento enterraban a un perro, lo llevaban en un carrito tirado por un perrito de él.
Luego nos fuimos al barrio de los pescadores y allí comimos estupendamente.
Todos estos viajes los podíamos hacer gracias al ahorro, no gastábamos nada en cosas innecesarias. Maruja y yo estábamos criadas de la misma manera, y nos apañábamos muy bien. Éramos las dos iguales, a la hora de las comidas y en todo estábamos de acuerdo. Creo que las teníamos la misma edad y muchas ganas de vivir la vida.
Sabíamos muchas canciones, la Vaca Lechera, el Carnicero, muchas... muchas... íbamos cantando, y las niñas la verdad es que no se aburrían.
Este viaje fue muy bonito, como todos los que hice, nunca se me olvidan las anécdotas que ocurrieron. Ahora con muchos años, por lo menos tenemos para recordar cosas buenas y bonitas que hemos vivido, así sobrellevamos mejor nuestras dolencias que no son pocas.
En otro viaje fuimos a Guadalupe, íbamos muy contentas, porque nuestros maridos nos habían dicho que nos iban a llevar a parar, a un hotel de cinco estrellas. ¡Lo contentas que íbamos! Nos compramos unos camisones muy bonitos y estábamos deseando estrenarlos.
Como Guadalupe queda lejos de Córdoba llegamos al oscurecer, Ellos se fueron a pedir hospedaje, con la mala fortuna de que no había habitaciones, estaba todo cubierto. Claro, las tenían que haber pedido con antelación, los dos venían con la cabeza agachaita de la desilusión. Se hizo de noche, lo que voy ha contaros ni le quito, ni le pongo.
No encontraron sitio donde hospedarnos, con las ganas que teníamos de refrescarnos y descansar de tanto viaje y disfrutar del Parador maravilloso donde nos llevaban.
Nos metieron en una casa particular muy humilde, era de una señora con cara de buena y amabilísima, que sus hijos estaban trabajando en el extranjero. nos enseñó las habitaciones. Una con dos camas y la otra con una cama de matrimonio, ya era de noche, y con la mentalidad que nosotros teníamos de haber vivido las mismas circunstancias, naturalmente nos conformamos. Todo estaba muy limpio, el colchón llegaba casi al techo, estaba relleno de hojas de maíz. Aquello sonaba a música clásica, no te podías menear porque despertabas a los inquilinos de al lado, que eran nuestros amigos.
Antes de entrar en la habitación estaba el water, solamente con una cortinilla y el cuarto de nuestros compañeros, separado por otra cortinilla. Allí no existían las puertas. Eso sí, una escupidera para cada cama, para evitar males mayores íbamos al water, por la mañana ya se podía entrar en el retrete, a hacer las necesidades mayores, porque ya teníamos un guardián.
Lo más gracioso de todo, era que la señora tenía un burro, y no tuvo otra idea que amarrarlo a la ventana de la casa. ¡Vaya nochecita que nos dio el animal rebuznando! ¡Toda la noche con la música celestial de las hojas de maíz, y el rebuzno del burro! ¡Vaya descanso que tuvimos!
Yo creo que aquel animal rebuznaba porque olía a hembra, o porque lo habían echado de la casa. La verdad es que fue una noche inolvidable. ¡No se nos olvidará nunca! Como nos hemos reído recordándola. ¡Y el estreno que le dimos a nuestros camisones...! Seguramente el burro se enteró de algo, y por eso rebuznaba.
Ahora os digo, que Guadalupe es precioso, es un pueblo que hay que verlo, de la forma que sea, yo disfruté mucho de haber ido. El hotel donde paramos estaba en el centro de la plaza, las señas no las sé. (Sin risas)
Otro sitió muy bonito que se puede ir en el día, es el Torcal, eso está en Antequera, son cosas que existen y pocas personas las conocen. Yo me quedé maravillada de verlo, parece que allí hubiera empezado el mundo. Pasamos mucho frío, gracias que llevábamos mantas en los coches, y así lo sobrellevamos mejor.
¡Hay tantas maravillas en España que ver, y que apenas conocemos!
Otro viaje fuimos a la Toja, siempre con las niñas de Jesús y Mary, la verdad es que fue una época que aprovechamos bien, al estar jóvenes.
A Galicia que es maravillosa, también fuimos. Vimos las Rías Bajas. ¡Que días tan bonitos!
Compramos una empanada grande, a ninguno de los que íbamos nos gustó, la probamos, pero no comimos. Jesús la pilló con tanta gana que se la zampó entera. Él sí estaba acostumbrado ha comerla.
Más adelante nos compramos cada uno un R-10, era un coche muy bueno y pudimos ir a Alemania.

Cuando ya estabais mayorcitos compró tito Manolo un chalet en la sierra. Antes ésta casa había sido del tío Pepín. (El que fue socio del abuelo y tito Paco) Este hombre compró un solar y se hizo una casa, para llevarse al campo a sus hijos. Disfrutaba de todo aquello con sus cinco hijos y toda su familia. Pasaron varios años y tuvo la fatalidad de morir en accidente. Cuando murió le debía a su hermano Emilio quinientas mil ptas. y claro, le falto tiempo para vender aquella parcela con su casa correspondiente. Todo su interés era cobrar la deuda, de lo contrario el banco se quedaba con el chalet por menos cantidad. Ya se sabe como son los bancos.
El tío Emilio se lo ofreció a Manolo, tanto le insistió que lo compró. Lo que decía mi tío era verdad, sin bienes no se puede hacer nada.
Manolo pensó que sería buena compra para el disfrute de todos.
Aquello fue una alegría, allí cabía todo el mundo, teníamos nueve camas dobles, así que se podían quedar los amigos, la familia, los suegros, era como la casa del pueblo.
Los hijos de mi tío, hubieran podido ir como cuando vivía su padre, pero los niños recordaban a su padre y nunca fueron.
Todos los domingos hacíamos arroz, ellos llevaban los pollos, y nosotros el arroz y los avios.
Yo compraba una caja grande de galletas, paté, miel, mantequilla, Nocilla, nada de eso faltaba en el campo para cuando fueran los niños.
Varios hijos de mi tío han comprado chalet en el mismo lugar. Hoy ya todos son abuelos. ¡Como pasa el tiempo!
Pasamos ocho años disfrutando de aquel chalet, todos los sobrinos recuerdan lo bien que lo pasamos, fueron la juventud de todos ellos y de sus amigos, se llevaban muy bien, nunca hubo peleas entre ellos. Diez sobrinos y sus amigos en la sierra de Córdoba, que es la maravilla del mundo, allí se criaron mis niños.
Yo no he tenido hijos, pero nunca los he echado de menos, siempre he estado cuidando niños, hasta los hijos de mis vecinas recién nacidos, me los subía a mí terraza, jugaba con todos... eso fue en la Catedral, ya tenía veinte años, cogía un baño de zínc grande que tenía mi madre, le metía una manta grande dentro, y por lo menos cuatro me entraban, mientras yo cosía, tenía que hacerme el ajuar, no podía perder tiempo. A la par que cosía me entretenía en contarles cuentos, los quiero a todos como si fueran míos.
Cuando los veo por la calle, ya casi no los conozco, me abrazan y me dicen:
- Pero... ¿es que no me conoces?
¡Que felices me hacen cuando me los encuentro!
Especialmente criamos a “mi niña”, como yo le digo, Avelina y a su hermano Manolo, esos niños eran como mi familia. A su madre matrona de
oficio, la queríamos mucho. Cuando se casó se vino a vivir al piso de al lado nuestro, se llevaba de maravilla con su marido, éramos una familia.
Su primera hija, fue un regalo para todos nosotros, la recibimos con toda la alegría del mundo.
Su madre como tenía que ejercer su profesión nos la dejaba, con toda confianza. Era la alegría de nuestra casa. Rafy le hacía unos vestiditos preciosos, yo le hice uno, y estaba que parecía una muñeca, era de organdí, con tres volantes. También le hacía unos jersey muy bonitos. La verdad es que nos tenía a todos embobaos.
Luego vino Manolín, su hermano, también precioso.
Pasado el tiempo, compraron sus padres un piso en Ciudad Jardín y se llevaron nuestra alegría. A papá Rafael y a mamá Nina, los querían mucho ellos, eran como sus abuelos.
Aunque nos visitábamos ya no era lo mismo, la niña se le escapaba a la madre, cada vez que podía y se venía a vernos a todos. Para mi niña aquello fue durillo.
Hoy ya puede ser abuela, pero para nosotros, siempre será nuestra niña.
Me acuerdo que a la hora de merendar, los ponía a todos en cola, y uno por uno comían lo que le apetecía, y el que quería repetía, aquello les servía a ellos como un juego, lo llevaban muy ordenado.
Lo que nunca saqué fue jamón, ni siquiera sabía cortarlo, ni me sobraba dinero para ello.
Ya todos están casados, cuando me ven, recuerdan como lo pasaban allí.
Tengo fotos de todos ellos que no las vendería por todo el oro del mundo, tengo ocho álbumes llenos de fotos de toda mi vida. Con deciros que les doy más valor que a todo lo que tengo en mi casa.
Cuando Manolo estuvo tan malito cambiaron las cosas, pensó:
- Si me muero, qué va a ser de mi mujer.
Y en cuanto pudo salir a la calle, se fue en busca de un notario, y arregló todo lo él que deseaba.
Teníamos un solar en la Fuensanta que se lo compró Manolo a mi hermano Paco, otro compramos en Trasierra, era precioso, daba a dos carreteras, con unas preciosas vistas. Todos teníamos la ilusión de hacer aquella casa, por entonces vino el accidente de mi tío Pepín, y ya os lo he contado antes, todo lo que sucedió con la venta de aquel chalet de nuestro pariente.
Con los bienes que contábamos, el taller que hizo mi marido, todo junto, puso a mi hermano socio de todo, con el negocio a nombre de los dos.
Manolo quiso seguir con ese nombre para que los clientes no creyeran que había un mal modo, y todo siguió como estaba. Manolo quiso ponerlo a nombre de los dos, pero Pepe dijo que no era conveniente.
Yo, como mi madre soy una hormiguita, junté veinte y cinco mil ptas.
Pepe Yedra era un amigo nuestro constructor, le di el dinero y me quedé con un piso en la Plaza la Paja. Me costó entonces ciento setenta y cinco mil ptas. Pagué la hipoteca en doce años, pero como lo alquilé por dos mil ptas., ese gasto me lo pagaron los vecinos.
Cuando llegó la crisis de la Platería, tuve que venderlo, pero algo nos solucionó.
Mi marido después de hacer todos los tramites para hacer socio a mi hermano, fue cuando me lo dijo, yo le conteste que me parecía bien. ¿Que iba a decirle? Habían trabajado juntos en el negocio, nosotros no teníamos hijos, eso fue lo mejor que hizo.
Ya en el taller nuevo se le daba trabajo a diez empleados, con dos pulidoras y dos viajantes. ¡Lo que consiguió el monaguillo con tanta lucha! Desde el año 1,955 que creó la empresa, hasta el 1,979 que se jubiló.
Fue en el 1,977 cuando vino la crisis de los plateros, subió el oro, y los bancos cerraron los créditos por la falta de liquidez, los intereses eran muy altos y todos los talleres chicos tuvieron que cerrar.
En Córdoba había verdaderos aristas, que hacían géneros preciosos, todo de artesanía, eso ya se ha perdido. Como es natural quedaran algunos, pero antes había muchos talleres chicos donde los chavales aprendían a ser artistas.
Con todo eso acabaron, por la ambición de unos pocos se acabó el trabajo de muchos.
Ya cuando la crisis, mi hermano y Manolo se separaron, partieron el taller y se repartieron los empleados, de esta manera pudieron seguir trabajando los dos. Manolo cogió plata y viajaba para venderla, y mi hermano siguió con el oro, que entonces costaba los dineros.
Así fue como acabó el negocio de toda una vida. Los empleados de Manolo siguieron con él hasta el final.
Al repartir los bienes, dividieron a partes iguales unas acciones que tenían, entre Manolo y Pepe. Mi marido tuvo la iniciativa de venderlas y dar la entrada del piso que tenemos, con su correspondiente hipoteca de diez años, nos juntamos con las dos hipotecas, pasamos nuestras fatiguitas para poder pagarlas.
Por aquel entonces el oro subió tanto, que Manolo empezó a hacer plata para no dejar parados a los hombres que se habían quedado.
Mi hermano siguió con oro, la venta de las acciones suyas las empleó en oro, para seguir trabajando con la mitad de empleados que se quedaron. Así hasta que se jubilaron los dos, y cada uno siguió con su lucha.
Esto que os cuento es otro percance de la vida, que lo tuvimos que pasar, para ir mejorando, siempre se sacrifican unos pocos en beneficio de todos, siempre ha sido así.
Ahora a nuestra edad estamos pachuchos, contamos los días y esperamos que haya una oportunidad para podernos ver. ¡Dios quiera que sea pronto!
En la edad que tengo he tenido años muy felices, he disfrutado mucho, mucho de la compañía de mi sobrino Enrique. Tuvimos la fortuna de poderlo tener cinco añitos con nosotros, no me dio ni un mal disgusto, bueno, uno si me dio, yo creí que me lo podría comer a besos, y desde el primer momento me dijo:
- Tita que te conozco.
Y me cortó un poquillo las alas, yo lo comprendí, soy un poco cariñosa, y a lo mejor me paso.
Cinco años estuvo sin levantar la cabeza de sus estudios, y al final consiguió lo que quería. De lo cual tiene muy orgullosos a sus padres y a sus tíos.
Después tuvimos en casa a la hija de mi prima Nieves, cuatro años estuvo con nosotros, nos dio muy buena compañía y terminó su carrera.
Mi ilusión era que mi sobrino Juani estudiara una carrera.
- ¡Juani dame esa alegría!
Pero cuando iba a empezar la carrera, quiso ser platero y su tío nunca quiso obligarlo, estuvo aprendiendo de clavador. Para todo servía, era listo de nacimiento.
Escogió irse con su hermano a Irun, se colocó de soldador de trenes, se casó y formó una familia, tiene dos hijos preciosos y una mujer que se parece a su tía Katy, según me dice él, la verdad es que estoy contenta con ella.
Parir no he parido, pero he disfrutado mucho de todos mis niños. Ahora no los tengo, pero cuando los veo de tarde en tarde, ya que están todos repartidos como es ley de vida, me da una alegría tan grande como si los hubiese tenido en las entrañas.


El viajar por el mundo es muy instructivo, además de disfrutar viendo países, se aprende. Yo sé que todas las personas no pueden hacerlo, o no les gusta. Nosotros hemos preferido gastar nuestros poquitos ahorros en ver mundo, y así ahora os puedo contar las anécdotas que nos han ocurrido.
En el año 1.973 abrieron las fronteras para poder viajar a países del Este, en el primer viaje colectivo que se hizo, fuimos nosotros.
Fue muy amenos, en el autocar iban catalanes y madrileños, los
únicos andaluces nosotros.
Estuvimos en Berlín Occidental y en Berlín Oriental, cruzamos
el Muro, eso fue muy curioso, era una vida muy distinta a la occidental.
Visitamos un museo romano, la entrada era gratuita, solamente cobraron una cuota por hacer fotos. Cual sería nuestra sorpresa, que a la salida nos devolvieron el dinero, porque vieron que en nuestra máquina no había fotos. Aquel detalle nos parecía mentira.
De allí nos fuimos a Trance, ciudad que fue destruida por la guerra y completamente levantada en la misma forma que estaba antes, respetando todo lo que había anteriormente. Aquello era una maravilla de ciudad, con muchos monumentos.
La entrada estaba como la dejaron, y como la volvieron a reconstruir.
Entramos en Praga de noche, paramos en el Hotel Comercial, que era un antiguo cuartel de tropas rusas.
Al día siguiente fuimos a coger el tranvía para ver la catedral. Como en todo había mucho orden, tuvimos que esperar el tren en cola. Yo siempre iba detrás de Manolo. Los tranvías cuando los asientos estaban cubiertos en la parada, arrancaban.
Así fue como yo me quedé en tierra, sola, sin dinero, sin carné y sin saber hablar el idioma. Al momento llegó otro tranvía y no lo pensé, me subí en él, con la buena fortuna que una chica que había presenciado lo ocurrido me llevó al mismo sitio donde parábamos. Si no lo veo no creo, todos los que íbamos se quedaron maravillados del comportamiento que tuvieron conmigo.
Vimos el barrio judío, donde todos eran joyeros y se dedicaban a fundir los metales, aquello era muy curioso, en cada casa había una fundición. Todo preparado para el turismo.
También pasamos por los Puentes de Praga, que son preciosos, entramos en unas tiendas donde vendían cristal de Bohemia. Los españoles entrábamos todos juntos, entonces los empleados desaparecían, hasta que quedábamos tres o cuatro. Claro a ellos no les importaba vender, todo era del estado. Creo que se asustaron y hasta que no se quedó aquello tranquilo no salieron a vender. Ya se sabe como somos los españoles, muy escandalosos y en pandilla más.
En este viaje nos acompañó una guía madrileña que se llamaba Alicia, era muy salada, se comportó muy bien con nosotros.
Como el recorrido era muy largo, el chofer tenía que sacar y meter las maletas, y todos muy señoritos, nadie se coscaba, hasta que Manolo dijo:
- Esto se ha acabado, hay que ayudarle a este hombre, tenemos que sacar cada uno lo nuestro.
Refunfuñando todos ayudamos a aquel hombre, que bastante responsabilidad llevaba con aquel autocar.
Algunas señoras se volvieron locas comprando. ¡Con los televisores que había en España! Tuvo que comprarse uno allí, porque era más barato, en el camino de vuelta dio una explosión, que vaya susto nos llevamos. Todos se alegraron del suceso porque por ahorrarse un poco dinero, puso en peligro la vida de los viajeros.
Digan lo que digan, esos viajes colectivos son muy ámenos, se forma como una familia, todos con ganas de pasarlo bien. Recuerdo con mucho cariño a los catalanes, él era médico, se llamaba José Antonio y la señora Mercedes, nos compenetramos muy bien, nos reímos mucho, hace cincuenta años y todavía nos felicitamos.
Otros eran Ángel y Carlina, han venido a Córdoba para vernos, ya estaban mayores pero los conocimos enseguida. ¡Que alegría nos dieron! Nosotros no hemos podido devolverles la visita.
Camino de Berlín paramos en el camino para almorzar, iban en el grupo un matrimonio vegetariano. Nos pusimos a comer, lo primero que hizo el camarero alemán es servirle la comida a los vegetarianos, pero se equivocó el hombre, y se la puso a Manolo, mi esposo que llevaba hambre le faltó tiempo para comerse aquellos platos, después vino otro camarero, sirvió a todos menos a los vegetarianos, claro Manolo siguió comiendo. Cuando el grupo se enteró de los sucedido, todos pendientes de lo que iba a pasar. El matrimonio vegetariano nos veía a todos comer y ellos esmallaitos. Llaman al camarero y le preguntan que cuando comen ellos, todo esto por señas, porque no sabían el idioma, vino el encargado y vieron que había habido una confusión. Seguían todos pendientes a ver que ocurría. Vinieron otra vez con la comida para aquel matrimonio, y Manolo para hacer una broma se levantó como para coger aquellos platos, pensaba que haría gracia, pero aquel camarero alemán si no atravesó el techo fue porque Dios no quiso. ¿Que palabrota alemana diría, y con que vocinazo? Que todos los que estaban viendo la comedía de Manolo no lo podrán olvidar nunca, luego la que se lió en el autocar, a cada uno se le ocurría un disparate.
De esas anécdotas en esos viajes pasan muchas, no acabaría nunca.
También iba un matrimonio mayor, ella era más joven que él. Era muy caprichosa y todo era sacarlo de quicio, el pobre hombre se defendía sacándose las muelas postizas, claro lo hacía para poder con ella, pero a la hora de comer, o cenar. nadie quería sentarse con ellos. Los cubiertos siempre estaban preparados para los que íbamos, todos corrían para coger las mesas, para solucionar el problema, Manolo y Katy se tenían que sentar con ellos.
Otra cosa que no se me olvida.
Yo cantaba mucho en los viajes, y un matrimonio que siempre se sentaba delante nuestra en el autocar, me decía:
- Katy te voy a llevar a cantar a la emisora, de verdad te lo digo.
Como me llevaba bien con todos, otras veces me decía:
- Katy tu eres la “corabocionista”.
Yo sabía lo que me quería decir. Pobre hombre, en aquel viaje iba enfermo, si llegó a Madrid fue por casualidad.
Seguimos nuestro viaje y paramos en Munich, llegamos de noche, que por cierto a esa hora estaban trabajando, haciendo el metro, era una obra grandiosa. ¿Cuántos españoles habría trabajando allí?
Al día siguiente seguimos la ruta para España, pasando por Suiza y Francia.
Fue un viaje muy instructivo, pasando por el rio Rhin. ¡Que castillos! ¡Que paisajes más maravillosos! Cuantas obras de arte pudimos ver, que grandeza tiene Europa en arte.

En Andalucía la Nueva después de venir de Alemania, estuvimos con todos mis sobrinos y los amigos ocho días, mis niños no lo olvidarán.
Hicieron una fiesta entre todos los chavales, una gran alegría había allí. Pensé, yo porque voy a ser menos, me vestí de muñeca y me presenté en el grupo. Claro los otros chavales no me conocían, pero mis sobrinos que no se lo esperaban se quedaron boquiabiertos. Yo lo pasé fenomenal, no se le olvida a ninguno, porque había que verme, pero a ellos les dio vergüenza.
- ¡Tita que cosas tienes!
Las madres de los niños me decían:
- Que ocurrencia ha tenido usted, y que valor le ha echado venir así por la calle.
A mí allí no me conocía nadie, ¿qué vergüenza me iba a dar? ¡La tarde que yo pasé, no me la quita nadie!
Nuestros amigos, Pepe Yedra y sra., Manolo Fernández y su sra., mi hermano Rafael y mi cuñada Remedios, formábamos un grupo que estábamos muy compenetrados. Íbamos los sábados a cenar, después nos metíamos en la discoteca, lo pasábamos de p... madre. ¡Lo que nos hemos reído los ocho juntos!
Hernández y Manolo juntos..., eso era para estar con ellos, estuvimos muchos años saliendo, pero llegó el tiempo de que aquello no lo resistió Manolo, ellos eran más jóvenes que nosotros, y claro... lo que tenía que pasar pasó. Manolo calló malo y otra vez lo ingresaron en
el hospital. Estuvo nueve días mientras le estuvieron haciendo pruebas. El médico le prohibió todas las salidas.
- ¿Qué se ha creído usted, que es un chaval?
Así que se acabaron las fiestas, claro Manolo tenía ya 58 años, había que inventar otras cosas. Nos propusieron hacer un viaje a Londres, y claro todos dispuestos
Mary la mujer de Hernández tuvo una niña, se la dejo con su madre y en la cuarentena, se vino a Londres. Pepe Yedra y su mujer no venían, no recuerdo los motivos, pero lo que si sé, es que no se nos olvida ese viaje a ninguno.
Como Hernández y mi hermano iban bien de dinerillo, nos llevaron al mejor hotel que hay allí, y a los mejores restaurantes, claro a los pocos días, hay que hacer cuentas.
¡Que leche cuentas, si en pocos días habéis acabado con mis ahorros!
Decía Manolo, claro, él no contaba con aquel lujo.
¿Ustedes que os habéis creído? Yo creía que sería un viaje más moderaito.
Así que se hizo una trampa, que Manolo pago a la vuelta del viaje.
Cuando cogimos el avión lo primero que hicimos fue coger los asientos en pareja, yo era la primera vez que cogía ese traste, me dejaron sola en un asiento, Manolo detrás. ¡Vaya viajecito que eché! Llena de pena por no llevar a mi esposo al lado y cagadita de miedo.
Vimos todo Londres, subimos a la torre, fuimos a los museos, al parlamento, no nos quedó nada por ver.
Fuimos a un espectáculo, ¡y la que se lió cuando salimos!, toda la función era de desnudos, era la primera vez que veíamos eso, salía un artista negro, con un “aparato orinario” que se lo ponía hasta de corbata, figuraos la que liamos, nunca habíamos visto una cosa igual, y nuestros marido acomplejaos. ¡La que liamos! Ellas decían para hacerles rabiar.
- ¡Eso es un hombre!
No les hacía falta a ellos nada más que eso, decían:
-¡Eso es ficticio!
- ¡Que leche ficticio, eso es de verdad! Aquello era un bicho viviente. ¡Lo que nos pudimos reír, después del espectáculo tan maravilloso que vimos!
Cuando llegaba la hora del desayuno, Manolo Hernández que era el que llevaba la batuta, hizo una encuesta para ver quién hacía más el amor en aquel viaje, todo muy serio llevaba su hoja para las anotaciones, todas las mañanas a la hora de desayunar muy formal preguntaba, ¿Cuántos números?
¡Liábamos una en el desayuno! El camarero todo su afán era enterarse lo que allí pasaba. Claro, era una cosa nuestra y no para que se enterara nadie.
Esos recuerdos y tantas vivencias son inolvidables. El camarero era español, se dedicó a quedarse con mi monedero, me lo dejé en la mesa y cuando volví, ya había desaparecido, ¡siete mil ptas. que tenía ahorradas, las perdí! Pero el pobre se las ganó por todos los desayunos que hicimos, y el mosqueo que tenía con nosotros, de ver a Hernández con el papelito el lápiz, y después el cachondeo.
Como nos tenían todo el día andando, viendo Londres, acabábamos hechos leña, muertos. Cuando llegábamos al hotel nos dábamos un baño en la piscina, y por las mañanas a contabilizar quien era el más potente.
Madre:
A ti me dirijo, que para mí fuiste la mujer más buena del mundo, nunca te quejaste de nada, con todo estabas conforme, noventa y dos años pasando por esta vida y siempre entregada a tus hijos, sin esperar nada a cambio, ellos eran tu felicidad, lo demás todo sobraba.
Nos enseñaste a ser honestos y a querer al prójimo, nunca te vi discutir con nadie, eso lo aprendí de ti, me enseñaste a ser una mujer de provecho, a querer a mi marido, siempre nos diste buen ejemplo.
¿Cómo no te iba a querer mi padre? Si fuiste la única que lo comprendió, nunca le quitaste ningún capricho, era bueno, ya lo sé, sufrió mucho por sus hijos y por no poder estar a su lado todo el tiempo que hubiera querido, tú lo compensaste con tu forma de ser, y seguro que fue feliz contigo, y se fue a la otra vida satisfecho.
Mamá, una cosa te quiero decir, yo quería contarte muchas cosas mías, para que te alegraras, y tú no me dejabas, sabías como era yo, y decías: ¡No, no me cuentes...!
Eran otros tiempos, y la verdad es que estábamos todos reprimidos, y no te atrevías a oírme. Nunca me hubieras dejado contarte lo que he dicho en mis memorias, pero gracias a Dios, las mentes han cambiado, todo lo que era malo, hoy es bueno, y aprovecho que estamos en democracia, y que estoy un poco enferma, me he tomado la libertad de contar las cosas como las he vivido, sabiendo a ciencia cierta que de lo que cuento, hoy nadie se asusta, si puedo hacer feliz a alguien, mejor que mejor.
Quiero darte las gracias por todos tus sacrificios, si hay otro mundo Dios quiera que nos juntemos de nuevo.
Te seguiré queriendo mientras Dios me de vida y nunca te olvidare, ni a ti ni a mi querido padre, que me dio su sabiduría, su amor y muchos caprichitos.
Gracias a vosotros que me distéis la vida, seguiré contando mis viajes por el mundo y haciendo terapia.
En otra ocasión fuimos a Francia, llegamos de noche a Paris, yo aunque era joven, llegué muy cansada. Hicimos amistad con unos compañeros de viaje, ella se llamaba Juana, también venía muy cansada. Los maridos dijeron de salir a dar un paseo por aquella maravillosa ciudad.
Juana y yo preferimos quedarnos viendo el paisaje asomadas a la ventana del hotel.
Iros a dar una vueltecita, os esperamos aquí. - Dijimos
Luego yo pensaba:
¡Dios mío! ¿Por qué los habremos dejado solos?
Y a la vez tenía que consolar a Juana. Tardaron más de cuatro horas.
¡Manolo! ¿Dónde os habéis metido?
Hemos ido a ver una película erótica, que el compañero no las
conocía y no encontrábamos el hotel.
Yo como siempre he tenido a Manolo como oro de ley, me lo creí, y... noche feliz. Pero... “la Juana” era de armas tomar, ¡le lió una...! que estuvo el pobre todo el viaje pálido como un plátano, y sin hablarse unos pocos días. Ella se lo perdió, con lo contento que venía el hombre de haber echado una canita la aire por Paris.
Juana me recordará toda la vida, y yo a ellos dos.
En Londres, (esta era la segunda vez que íbamos) nos juntamos tres matrimonios, unos eran canarios. Queríamos ir al zoológico, ninguno sabíamos el idioma suyo, paramos a un taxista, ni cortos ni perezosos los seis quisimos hacer un modelo de animal, claro esto sin ponernos de acuerdo. El seños taxista en su vida se había reído más. Era ingles, nos llevó directamente al zoológico, no falló. ¿Qué cara pondríamos aquellos seres humanos haciendo de bichos.

Cambió y sigo: Iba yo por Córdoba, por nuestro maravilloso Puente Romano dando un paseo con mi esposo como todos los días, ya sabemos que la acera de este puente es muy estrechita, claro, había que ir uno detrás de otro. El puente es bastante largo, yo siempre he sido muy traviesa, desde que me casé, mi esposo nunca me ha reprimido, además somos géminis los dos y nos parecemos en el carácter, como iba diciendo, yo andando por el puente delante de él y sin hablar nada. Pasaron tres chavalas delante de mí, y ni corta ni perezosa les digo:
- ¿Qué hago con este moscón que viene detrás de mí?
Las niñas miraron para a tras y vieron a Manolo, con que ganas me dijeron las tres:
- Metelé una patá en los cojones.
Manolo que no sabía a que venía aquel insulto tan grande, se quedó... ¡Cuánto nos pudimos reír después!
- Está visto que no se puede dejar sola.
- Iba tan aburría, que...
De esto hará unos cinco años.
Otro día estábamos en la plaza de Colón, en esos jardines tan maravillosos que tiene Córdoba, los dos sentados viendo los palomos. Claro sin hablar, después de tantos años juntos, los abuelos ya tiene poco que decirse, yo me aburría. Se sentaron dos viejecitas a nuestro lado, y me dio por decir:
- Señoras, os voy hacer una preguntita.
Estas señoras con mucha atención me escuchan y les digo:
- Es que me voy a casar, ¿ a ustedes qué les parece, que vaya de blanco o de negro? Yo tengo muchas ganas de ir de blanco, y mi madre no quiere, dice que es mejor de negro.
Todo esto se lo decía muy sería y Manolo no tuvo más remedio que seguirme la corriente.
Me pregunta una de las dos mujeres:
- ¿Ese es el novio?
Claro, le tuve que decir que sí. Ni corta ni perezosa le dice al novio:
- Señor, como no se case usted pronto, se le va a encasquillar y no va ha poder usted hacer nada, y si no que se lo pregunten a ésta, (la abuelita que estaba al lado) que se ha casado tres veces.
Yo haciéndome la inocente le preguntaba que quería decir “encasquillarse”.
No os quiero decir como nos reímos, se acabo el aburrimiento.
Otro día me fui a Sevilla, se casaba Josefina la hija de mi tía Amelia, mi marido no quiso venir, y... cuando él no quiere, no quiere.
- Vete con tu tía Purita. - Me dijo.
Y yo, como soy muy obediente, me fui con ella, lo pasé estupendamente, como se pasa en todas las bodas, reunida toda la familia, las tías, las primas...
A la vuelta de Sevilla regresé sola, mi tía se quedo allí más tiempo con su hermana, viajaba conmigo una turista polaca, estaba sentada frente a mí, pero sin decir una palabra, a la llegada a Córdoba me dijo que venía a nuestra ciudad a ver el casco antiguo, para que le explicara por donde estaba, yo le dije:
- Venga usted conmigo, que mi camino es ese.
Ella como es natural buscaba un hotel por esa zona. El camino de la estación hasta la Catedral era un poquito larguito, y yo que me hago amiga de cualquiera enseguida me dije:
- Yo me la llevo a mi casa, y le llevo una polaca de regalo a mi marido.
Cuando llegué a casa llamé diciendo:
- ¡Manolo ábreme que te traigo un regalo!
Mi marido pensó, alguna de las suyas me ha hecho mi mujer, y así fue. Yo creo que lo hice porque no era ningún monumento, de tonta no tengo un pelo. Donata se llamaba, en el camino aprendí su nombre, le enseñé el piso y le dije:
- ¿Te gusta el hotel?
Ella al darse cuenta de mi intención decía:
- No, no, por favor.
¿Te gusta?
Sí, sí, me gusta.
Entonces la llevé al cuarto de baño, una vez arregladas las dos, y Manolo más contento, allá que nos fuimos a ver Córdoba de noche.
Está visto que no te puedo dejar sola.- Repetía Manolo
Estuvo en casa una semana, yo dejaba mi comida hecha, y allá que nos íbamos las dos de paseo, no se le olvidará nunca. De las maravillas de mi Córdoba no se le quedó nada por ver. A mí tampoco se me olvida. Ella hablaba un poquito español, y yo por señas lo hablaba todo. Reímos todo lo que pudimos. A la hora de marcharse nos dio su tarjeta, entonces nos enteramos que era cirujana de un hospital de Varsovia .
Después iba para Canarias, quiso que la acompañara, pero Manolo no me dejó.
Si te la voy a devolver.
Decía ella, pero no tuve el permiso, y en esos momentos no teníamos medios para irnos los dos.
Tengo una amiga que se llama Ita, más o menos de la misma edad que yo, cuando más jóvenes salíamos cuatro parejas como ya he contado anteriormente y lo pasábamos muy bien.
¡Pero... un día llegó la crisis! A ella le cogió igual que a mí.
Íbamos a la plaza una vez por semana con pocos dineros, como es natural, pero el carrillo venía hasta los topes. En Córdoba en julio no hay quien tenga fuerzas para tirar del carro, nos metíamos en un bar a tomar una Coca-Cola, una lata para las dos. Ocupábamos una mesa y nos tirábamos una hora descansando distraídas. Mi amiga que es muy fina pedía dos copas para servir la lata, a todo esto buscando cuartos en nuestros monederos para pagar la lata entre las dos, pero estas cosas nos servían además de para descansar, para pasarlo bien. Pero... el pobre del bar cuando nos veía entrar diría:
- Ya están aquí las salvaoras del día.
Ahora que... clientas fieles si éramos, no faltábamos, aunque sólo era un día a la semana.
Con la crisis cada día estábamos más gordas, de esto se encargaba nuestra panadera María, así se llama, y su establecimiento “La Catalana”. Esta señora es buena como nunca he conocido otra igual, nos daba magdalenas, tortas, Manoletes, lo que le apetecía a ella. ¡En mi vida he comido tantas magdalenas como en la crisis! Así que toda la gordura que tenemos es por ella, por lo cual le estamos muy agradecidas.
En la época de la crisis de la platería, nunca nos faltaron los amigos, Manolo Hernádez a cada fiesta que iba se acordaba de nosotros, y allí nos tenía. Nunca consintió que pagáramos, igualmente le pasaba a mi hermano Rafael y a mi cuñada Remedios, siempre nos acompañaron, eso nunca se olvida.
Casi todos los domingos íbamos al perol, todos los hermanos de Manolo Hernández, amigos y sus señoras, formábamos pandillas hasta de veinte con sus correspondientes hijos. Siempre entre todos ellos hubo mucha unión y mucha alegría.
Me acuerdo que muchas de ellas daban el pecho a sus hijos y enseñaban sus tetas, y yo como ya me habéis conocido por la trayectoria de mi escrito, decía:
-¡Leche, aquí todas enseñan sus teticas, y las mías guardaditas.
Así que agarraba a mis niños, que para mí eran como si fueran míos, los cogía en brazos, me sacaba mi tetica y hacía como si le diera de mamar. ¡ Hasta de eso he disfrutado yo! ¡Tanto lucir ellas las tetas y las mías guardadas...!
Ahora que me faltan me acuerdo de aquello y me sonrío, menos mal que las lucí un poquito cuando era joven, las madres de mis niños ahora me lo recuerdan.
Es que con los niños que tuvo Mary, los de Remedios y las otras madres, hubo por lo menos doce o trece crianzas, siempre todos unidos en los peroles.
Todos estos churumbeles están casados y con hijos. Y los que no lo están, están para hacerlo. Han sido preciosidades de niños, a cual más guapo, y con la suerte de que han salido todos buenos. A todos los quiero como si fueran míos.
Hemos tenido el orgullo de estar rodeados de buena gente.

Tengo que decir que tuve mucha suerte en mudarme a la casa en que vivo, tengo unas vecinas buenísimas todas, las quiero mucho, nos llevamos como hermanos, somos como una familia. A todas les doy la gracias, porque en los malos momentos que estoy pasando por mi enfermedad, me dan muchos ánimos, no saben lo que yo se lo agradezco. Era una obligación mía mencionarlo en mis memorias.
Igualmente a todos los amigos y amigas que se han preocupado por mí. A todos mis primos y particularmente a mi prima Isabelita y a sus hermanos de Villa de Río, que están pendientes de mí desde que estoy enferma.
A mis sobrinos, hermanos, cuñadas y a todo el ser humano que se haya preocupado por mí, ¡Dios se lo pague!
Como ya voy a terminar mi diario, quiero aconsejar a mis sobrinos y a sus hijos, que viajen por Europa que es maravillosa. Sus palacios, sus catedrales, no se me olvidaran nunca los valles de Alemania. ¡Son de ensueño! Las fachadas de las casas pintadas preciosas, son murales.
Esas cosas tenían que verlas todas las personas. ¿Y Roma? Maravillosa. ¿Y Venecia? Allí me quede con ganas de montarme en una góndola, pero como le tito Manolo no es romántico, me que dé con el deseo. Todo esto se consigue si no se gasta el dinero en cosas que no son precisas. Si os contara todas las cosas que he visto no acabaría.
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No me puedo quejar de la vida, no he tenido hijos, pero a cambio de eso siempre he estado rodeada de niños. Con nueve años crié a Mary Carmen y a Manolillo, después a los niños de la calle Encarnación, que había siete lo menos, podía decir sus nombres, pero... cansaría. Luego me casé, y otra vez rodeada de sobrinillos y vecinitos, allí había once niños, yo me subía a la terraza con ellos, allí no había ningún peligro, me ponía a coser mientras ellos jugaban, y disfrutaba de verlos, todos me querían mucho.
Cuando vine a Antonio del Castillo, había también muchos niños, todos estaban pequeñitos, ahora casi todos están casados, solteros quedan pocos.
¡Como para que me haya quedado añoranza por no tener niños! ¡Lo que he disfrutado con ellos! Pero a la hora de limpiarles las caquitas iban para sus mamaitas.
Como veréis mi vida no ha sido aburrida.
Luego me llegó el tiempo de cuidar a los abuelitos, casada ya, ¡cuantas veces me he visto en los hospitales con toda la familia de mi padre, los tíos de Manolo todos eran mayores, nunca los dejé y no me pesa, lo hacía con gusto y era una necesidad que tenían todos conmigo.
Y mis padres que fueron lo más grande de este mundo, me queda la satisfacción de haberles dejado hasta el último instante.
Mi hermana Mary cuando la he necesitado, siempre ha estado ahí, cuidad de ella y quererla mucho que está muy solita.
Tampoco puedo tener ninguna queja de mis de hermanos, ni de mi hermana Rafy.
Os daréis cuenta que en mi vida ha habido de todo, tiempos buenos, tiempos malos, tiempos malísimos y tiempos buenísimos.
Lo mejor de todo ha sido estar con mi esposo, que me ha dado las mayores satisfacciones del mundo. Me dio a sus hermana Julia, que en todo momento ha sido mi salvación y mi recompensa.
Ahora la vida sigue, y me toca pasar por lo que estoy pasando. ¡Lo que tenga que pasar, pasará. La vida es como es, y cada cual la vive como puede, yo la verdad es que no puedo quejarme del paso por este mundo. He tenido vivencias para escribir un libro, y ahora me hace falta sembrar un árbol.
Hoy he recibido una gran noticia, el otro día mi sobrina Katerine, que termino su carrera de bibliotecaria, ha ganado las oposiciones, se lo ha ganado a pulso por lo mucho que ha estudiado, primeramente va a Sevilla. Así que estamos todos muy contentos.
Enrique mi sobrino, ya está fijo de ingeniero que era lo que había estudiado, Así que mis doce sobrinos han conseguido lo que querían ser.
Todos han tenido el apoyo de sus padres, y han podido estudiar, que no es poco para hacerse hombres. A ellos les ha tocado una vida mejor, casi todos los niños de esta generación saben leer y escribir, algo se va consiguiendo.
No se puede consentir que hay analfabetos en este mundo, ni muertos de hambre. Dios creo esta vida para todos sus hijos y no para unos pocos. Así que a ver si nos mentalizamos, que en este mundo cabemos todos.
A mis años he vivido varias etapas, y sé lo mucho que sufren los pueblos por culpa de no estar preparados, para que nadie nos engañe hay que saber, saber y saber.
Este libreto que os dejo escrito, es para que conozcáis mejor a la tita Katy y lo guardéis como recuerdo. Podría contaros muchas más cosas pero no me quiero hacer pesada, con lo que cuento ya tenéis para distraeros, y saber un poco más de mí.
Sobrinitos aprovechar el pasado para bien.
No sufráis por lo que pueda venir, cada día tiene su propio afán.
Estoy tranquila porque tenéis al lado buenas personas, que os comprenden, os apoyan, y comparten vuestras luchas.

TERCERA PARTE
.... y la amó y la cuidó,
en la alegría y en la tristeza,
en la pobreza y en la riqueza,
en la salud y en la enfermedad...
Este libreto quiero dedicárselo a vuestro tío, que se lo merece.
¡Va por ti esposo mío! Siempre he creído en ti, sabía que me querías, pero no pensaba que llegaras a quererme tanto, como ahora me estás demostrando con tu comportamiento conmigo durante mi enfermedad, tu sacrificio, tu humildad, y el cariño con que me tratas.
Gracias por todo, siempre te he querido y siempre te querré mientras viva.
Deseo que tengamos mucha salud, para poder estar juntos todo el tiempo que podamos, acompañados de nuestras hermanas Juli y María.
3 comentarios:
Ole, ole y ole.
¡Esta es mi tita Kati!
Cuando sea mayor (de lo que soy ahora), quiero escribir como tú.
Gracias por esta recopilación familiar. Es un regalo para nuestras generaciones futuras.
Estando tan lejos, me has transportado más lejos aún: al pasado temporal y más allá aún, al pasado inconsciente.
No os echo de menos porque siempre os tengo presentes.
Besos, Fernando desde Vera.
Me llamo Manuel Perujo y soy el nieto de Manuel García Avilés (el niño extraviado).
Me alegro de haber leido esto y ahora se lo llevaré a mi abuelo para que él lo lea. Os estoy muy agradecido por haber escrito esto. En nombre de mi abuelo y de toda la familia, os damos las gracias de todo corazon por la buena acción de Rafael aquel dia junto al río.
Eternamente agradecidos.
La familia García.
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